FRANCISCO LUIS BERNARDEZ
Argentina (1900-1978)

Nació en Buenos Aires y vivió algunos años en España y Portugal. A su regreso al país trajo técnicas y tendencias adquiridas en Europa.
Su poesía es de gran inspiración religiosa y arte amatoria. Sus sonetos son considerados modelos antológicos en la poesía de habla castellana.
Publicó "Orto" (1922), "Bazar" (1922), "Kindergarten" (1923), "Alcándara" (1925), "El buque" (1935), "Cielo de Tierra" (1937), "La ciudad sin Laura" (1938), "Poemas elementales" (1942), "Poemas de carne y hueso" (1943), "El ruiseñor" (1945), "Las estrellas" (1947), "El angel de la guarda" (1949), "La flor" (1951), "El arca" (1953) y algunas antologías de su obra.
Su libro más difundido y antológico es, por su originalidad y transparencia, "La ciudad sin Laura". De allí, precisamente, salen los poemas aquí seleccionados.
 

SONETO DEL AMOR MILAGROSO


Aquel entendimiento que callaba
tiene toda la voz que no tenía,
y aquella voluntad que estaba fría
tiene todo el calor que le faltaba.

Aquel entendimiento que ignoraba
tiene la ciencia de que carecía,
y aquella voluntad que no quería
tiene el deseo que necesitaba.

Porque para que el uno se levante
del sueño en que vivía sumergido,
es suficiente con que yo te cante.

Porque para que aquella no se muera
de la muerte que hubiera padecido,
es suficiente con que yo te quiera.

(De «La ciudad sin Laura», 1938)



SONETO DEL AMOR UNITIVO

Tan unidas están nuestras cabezas
y tan atados nuestros corazones,
ya concertadas las inclinaciones
y confundidas las naturalezas,

que nuestros argumentos y razones
y nuestras alegrías y tristezas
están jugando al ajedrez con piezas
iguales en color y proporciones.

En el tablero de la vida vemos
empeñados a dos que conocemos,
a pesar de que no diferenciamos,

en un juego amoroso que sabemos
sin ganador, porque los dos perdemos,

sin perdedor, porque los dos ganamos.

(De «La ciudad sin Laura», 1938)



SONETO DEL AMOR VICTORIOSO

Ni el tiempo que al pasar me repetía
que no tendría fin mi desventura,
será capaz con su palabra oscura
de resistir la luz de mi alegría.


Ni el espacio que un día y otro día
convertía distancia en amargura,
me apartará de la persona pura
que se confunde con mi poesía.

Porque para el amor que se prolonga
por encima de cada sepultura,
no existe tiempo donde el sol se ponga.

Porque para el amor omnipotente,

que todo lo transforma y transfigura,
no existe espacio que no esté presente.

(De «La ciudad sin Laura», 1938)



SONETO LEJANO

Bello sería el río de mi canto,
que arrastra por el mundo su corriente,
si dicho canto no naciera en cuanto
el río se separa de la fuente.

Bello sería el silencioso llanto
de la estrella en la noche de mi frente,
si dicha estrella no distara tanto
de quien le da la luz resplandeciente.

Bello sería el árbol de mi vida,
si la raíz de amor lo sostuviera
sin estar alejada y escondida.

Bello sería el viento que me nombra,
si la voz que me llama no estuviera

perdida en la distancia y en la sombra.

(De «La ciudad sin Laura», 1938)




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