Carlos Reyna - Crónica de dos pasiones
 
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Capítulo XII
Invierno de 1984: El objetivo final

.....Siete largos años habían transcurrido desde aquella tarde mágica de abril de aquel reencuentro inolvidable con Graciela, y mi pequeño libro de poemas, apenas comenzado por entonces, hoy estaba concluído con aquel soneto dedicado a mi ciudad natal, que evocaba los recuerdos de mis años cobijados al amparo de ilusiones juveniles.
Muchos sueños y esperanzas habían recorrido mi sendero en aquellos inolvidables años dorados. Algunos se habían cumplido plenamente, dejándomé el sabor eterno de otros logros evocados a través del tiempo; otros, jamás se habían realizado, pero aún me quedaban intactas las ilusiones para un futuro inmediato o lejano... ¡Dios diría!...
¡Cuántos de esos sueños enhebrados en el tiempo, hoy habitan y recorren aquellas páginas épicas y momoriosas de ese primer libro de poemas!... ¡Cuántos fueron y cuántos serán los versos que, seguramente, poblarán las páginas de mis próximos libros!...
Sin embargo, como si no existieran otro tiempo y otros sueños, mis manos y mi corazón siempre vuelven a esa página fechada en ese otoño del ‘77, en donde permanecen, sublimes y esperanzados, aquellos «Versos a Graciela». Y mis ojos se detienen, una y cien veces, en aquellas primeras lineas que rezan: «Estoy al fin sentado / a la sombra del camino, / donde el silencio es mi tiempo, / donde la luz es mi guía, / y las horas se me achican / cuando contigo estoy, / aunque a mi lado no estés». Y finalmente, mi corazón recorre, uno a uno, aquellos versos que brotaran de un sentir muy hondo e infinito, hasta llegar a las últimas lineas, que terminan con una simple conclusión: «Es extraño, sí... / las horas se me achican / y, sin embargo... / ¡me sobra el tiempo para quererte!».
¡Qué lejanos estaban y qué cercanos parecían, sin embargo, aquellos días de plena felicidad compar-tida!... ¡Cuántos proyectos destruídos y cuántas ilusiones arrojadas en un segundo, por la simple torpeza de dejarse someter a los caprichos ajenos!
Era una verdad latente y persistente y, sin embargo, tán difícil de creer y sobrellevar: Graciela, la mujer que tanto amaba y seguiría amando a través del tiempo y la distancia, era ya sólo un recuerdo en mi vida, y con ella se perdían un sin fin de sueños compartidos.
Había sido un completo año de felicidad, después de aquel incidente infortunado que ambos habíamos dejado en el olvido.
Ese triste pasado, que alguna vez se interpusiera entre nosotros y que fuera la causa de aquel primer desencuentro, volvía entonces, por segúnda vez, a tejer su telaraña de distancia y de silencio.
Aún recuerdo la última discusión familiar que, involuntariamente, llegó a mis oídos aquella tarde de otoño del año ’78. Yo estaba aguardando a Graciela en la puerta de su casa, sentado en aquel escalón de la entrada, cuando la voz de su padre me hizo estremecer.
—Sólo quiero que me respondas una cosa —se escucho tronar a través de la ventana que daba a la calle—: ¿qué futuro crees que te aguarde junto a un músico vago como ese?
—¡No voy a permitir que le llames vago! —replicó Graciela, muy molesta—. El no pretende vivir de su música; tiene un trabajo decente y se puede ganar la vida como cualquier persona, llegado el caso.
—¿Y qué trabajo es ese, si se puede saber?
—Trabaja en una inmobiliaria muy conocida y en sus ratos libres da clases de guitarra y piano.
—¡Clases de guitarra y piano!... ¡Gran cosa!... —sentenció el padre, irónicamente—. ¿Y por él has dejado a tu novio, hace ya más de un año?... ¡Ese muchacho sí que valía la pena!... Su familia es de buena posi-ción y junto a él te esperaba una vida de bienestar y comodidades, que el otro no te podrá dar jamás.
—¡Eso me tiene sin cuidado! —replicó Graciela, ofendida—. No voy a unir mi destino a alguien que no quiero, sólo para satisfacer tus caprichos —y pegando un portazo, salió a mi encuentro con el rostro consumido por la indignación.
Hasta ese momento, Graciela había sabido defender dignamente sus derechos de mujer y nuestra felicidad, y por ello yo la amaba tanto y me sentía orgulloso de su integridad.
Sin embargo, una semana más tarde, frente a la puerta de su casa, Graciela se presentó ante mí con los ojos inundados por el llanto, y sus primeras palabras fueron:
—Aunque a mí me rompa el corazón, tengo que decirte que debemos separarnos, salvo que me puedas llevar a tu casa, cosa que no creo posible.
—Pero... ¿qué es lo que ocurrió esta vez? —le pregunté azorado, sin poder entender lo que estaba sucediendo.
—Mi padre me ha dado el ultimátum —respondió entre sollozos—. O me comprometo formalmente con el hijo de su amigo del alma, o me voy de casa para siempre.
—¡El no puede hacer semejante cosa! —protesté, sin terminar de convencerme de lo que estaba escuchando.
—¡Claro que puede! —replicó Graciela, muy segura de lo que decía—. Ya tengo veintitres años cumplidos y hace dos que dejé de estar bajo su responsabilidad. El ya no tiene la obligación de mantenerme.
—¿Y no tienes alguna amiga que te pueda alojar por unos días, hasta tanto yo pueda ver cómo soluciono esto? —pregunté, con la esperanza de que ésta pudiera ser la solución transitoria al problema.
Pero Graciela había pensado mucho antes que yo en esa posibilidad, y por eso respondió:
—La mayoría de mis amigas están casadas, y las que aún siguen solteras, viven todavía con sus padres o demasiado lejos de Buenos Aires. Lo único que me queda por hacer, es aceptar lo que dice mi padre y lle-var a cabo ese compromiso de interés, hasta tanto pueda solucionar las cosas. Un compromiso no es un casamiento; siempre se puede romper.
—¿Piensas que voy a aceptar que ese fulano de tal ponga sus sucias manos en ti?... ¡Ni lo sueñes!... ¡No podría soportar la idea de que otro te tome a su antojo y placer!
—No me tendrá como tú piensas. ¡Mi voluntad y mi corazón jamás estarán con él!... ¡Ellos siguen siendo tuyos, y lo seguirá siendo a pesar de todo!
—De todos modos me resulta inconcebible aceptar una cosa así. ¿Por qué no intentas ganar tiempo, hasta que yo consiga un trabajo extra y te pueda pagar una pensión o cualquier otro alojamiento?... Luego po-dríamos...
—¿Luego podríamos qué? —preguntó Graciela, levantando hacia mí su rostro y mirándome con atención.
—Podríamos casarnos y vivir en casa, hasta que podamos alquilar un pequeño departamento.
Las palabras habían brotado de mi boca como si fueran un acto reflejo de supervivencia. ¡Cuánto debía amarla para llegar al extremo de decir esto!... Había hablado apresuradamente y sin detenerme a reflexionar sobre la cuestión. Sin embargo, no me arrepentí ni por un instante, porque sabía que, dadas las circunstancias, no quedaba otro camino posible. ¡Deseaba retenerla a toda costa y estaba dispuesto a cualquier sacrificio con tal de no perderla!
Graciela fijó otra vez en mí esos ojos soñadores de mirada transparente, visiblemente emocionada, con un brillo de esperanza, y su boca comenzó a dibujar otra vez esa sonrisa amplia y contagiosa. Acaricié sus cabellos y me perdí en esa mirada que me evocaba todas las horas bellas vividas a su lado. Pero ella no tardó en bajar la cabeza con desaliento, y pronunció aquella frase que quedó flotando en el aire, como el presagio del más triste final:
—Es inútil; no hay futuro para nosotros... y no lo habrá jamás. Aunque Dios sabe cuánto hubiera dado por que no fuese así.
No podía creer que aquellas palabras de derrota salieran de su boca. Esta no parecía ser la Graciela que yo conocía. Aquella Graciela que una vez pisara aquel inmenso hall de SADAIC, dispuesta a conseguir lo que su corazón le resistía a creer perdido para siempre. Por eso, en honor a ese recuerdo, intenté disuadirla de su postura pesimista, invocando su espíritu de lucha, que yo tanto amaba y admiraba en ella.
—No te imaginas el daño que me causa oirte hablar así —le dije, sumamente conmocionado—. ¿Qué quedó de aquella Graciela que vencía todos los obstáculos que se interponían en el camino de su felicidad, y que era capaz de luchar contra viento y marea, con tal de lograr sus objetivos?
—Esa Graciela que tú dices, hoy cayó vencida ante la adversidad y ha perdido su primera batalla.
—Pero una batalla no es la guerra —le dije, secando con mis manos sus mejillas húmedas y mirándola directamente a los ojos—. Nunca voy a olvidar tus palabras de aquel reencuentro nuestro en aquel bar de la calle Paso, cuando pusiste esa sonrisa de niña traviesa y me dijiste: «Cuando se quiere algo de verdad, se hace lo imposible para conseguirlo»...
—Eso ya es cosa del pasado —observó ella, bajando la cabeza—. ¿No te das cuenta de que algo se ha roto dentro mío?
—Espero que no sea tu amor por mí —dije dolido, temoroso de que fuese así.
—Mi amor por ti es lo único que ha quedado intacto de todo esto, y sigue tan firme como siempre.
—¿Entonces?...
—Entonces... todo terminó para los dos. ¿No comprendes que no puedo luchar contra mi propia familia?... Este es el fin, Carlos... ¡aunque me duela en el alma!
—¿Es tu última palabra? —le pregunté aterrado, con la esperanza vaga de que ella se retractara.
—Es mi última palabra —sentenció ella, y de sus ojos brotaron nuevas lágrimas que cayeron sobre sus mejillas a borbotones, como agua de manatial que no cesa de correr.
Las sequé con mis dedos y, mirando profundamente aquellos ojos transparentes que jamás volvería a ver, besé por última vez sus labios húmedos de llanto y le dije:
—Entonces, no hay más nada que decir. Deseo, realmente, que seas muy feliz... —y girando sobre mis talones me alejé sin volver la vista atrás.
El sonido de su voz me alcanzó un segundo antes de doblar la esquina, invocando mi nombre desesperada e insistentemente. Ese grito repetido y angustioso sacudió todo mi ser y conmovió mi alma, pero luché con todas mis fuerzas por no ceder a ese llamado, y continué mi camino.
Dos días más tarde mi madre atendió el teléfono. Era Graciela que rogaba insistentemente hablar conmigo. Me hice negar, esa y muchas otras veces más, y con ello también estaba negando mi propia felicidad.
Seis años habían transcurrido desde aquel triste día de nuestra despedida, y aún llevaba grabada su última imagen, clara y definida, en mi mente y en mi corazón.
Desde entonces, muchos rostros de mujer habían intentado reemplazarla, y otros nombres pretendían renovar mis esperanzas. Muchas ilusiones nuevas abrieron sus capullos al viento, y por un momento creí que todo renacía. Pero todo pasa, como pasa el viento entre las hojas, y los sueños se diluyen como el tiempo cuando sólo han sido sueños.
La única verdad palpable y etérea seguía latiendo en mí con la fuerza arrolladora del primer día, y esa verdad tenía un solo nombre: ¡Graciela!... Y ese nombre seguiría palpitando dentro mío, tal vez, por el resto de mis días...
Ese sería mi castigo por haberme dejado vencer ante la adversidad, bajando los brazos antes de tener perdida la última batalla, y dejando escapar así la ilusión más grande de mi vida.

 

... Al perder a Graciela, yo perdía también aquel espíritu de lucha, que fuera el lema principal al que uniera mis más firmes convicciones y que diera mérito al logro de tantos objetivos. Sin ese atributo escencial, mi vida estaba perdida para siempre, porque había dejado mi fortuna librada al azar. Y aún era demasiado joven para bajar los brazos y rendirme a mi suerte. Tenía apenas treinta años y una vida por delante.
Sin embargo, aquellos tristes recuerdos que tanto daño me hacían, motivaron, más que nunca, mi capacidad de crear y componer. De allí surgieron nuevas canciones que darían testimonio a tantas alegrías compartidas y algunas frustraciones, y también de allí nació —¿por qué negarlo?— mi segundo libro de poemas.
Y gracias a ello, resurgió por fin en mí aquel espíritu batallador que creía perdido para siempre; porque todas esas páginas épicas y emotivas que nacieron desde lo más hondo de mis raíces, fueron paseadas, una y cien veces, ante los ojos exigentes de los ejecutivos de las más notorias casas editoras de Buenos Aires. Y una y cien veces, también, me fueron devueltos sin mayor trámite y comentario.
Sin embargo, no perdí las esperanzas y seguí insistiendo, hasta que por fin, una tarde de junio de ese año ‘84, el teléfono me trajo la buena noticia: la Editorial SIDEA (Sociedad Impresora de Escritores Argenti-nos) estaba interesada en mis «23 Poemas de Amor y una Plegaria», el primero de mis libros.
La propuesta no era muy alentadora, pero no dejaba de ser interesante: querían sacar a la venta una edición de pequeña tirada —no más de mil ejemplares—, para ver qué es lo que pasaba. Luego, si el asunto marchaba bien, se hablaría de una segunda edición. El precio de venta estipulado sería muy bajo y apenas alcanzaría a cubrir los costos. De modo que yo tendría que renunciar a percibir mi porcentaje sobre el precio de tapa, si realmente quería difundir mi obra.
Los términos del contrato eran un tanto inusuales, por cierto, pero era la única forma de promover mi libro, y esto me daba, además, la posibilidad de asociarme a la SADE, la Sociedad Argentina de Escritores.
No lo pensé dos veces, por supuesto, porque era ésta la única forma de lograr mi objetivo... ¡Y debía dar gracias a Dios por tener otra vez un objetivo!... Era éste —nada más y nada menos— el resultado final de todas mis gestiones para lograr la edición del libro.
Sólo me faltaba un pequeño detalle: unas pocas palabras y conceptos de alguna opinión autorizada, que sirvieran como prólogo a mi obra y, al mismo tiempo, de apoyo y estímulo.
Comencé entonces a barajar nombres de aquí para allá, como en una suerte de ruleta, buscando alguno que tuviera, por rara coincidencia, algún mínimo contacto con alguien de mi familia o algún conocido, y que fuera a la vez un escritor de cierto nombre y trayectoria. Pero no encontré, de momento, ninguno que reuniera todas esas cláusulas. De modo que abandoné el asunto y me aboqué a otras cuestiones.
Al día siguiente, sin embargo, leyendo El Oeste, me encontré de pronto con un artículo sobre varios poetas mercedinos, en donde aparecían muchos nombres conocidos y de larga trayectoria. Y en un instante se me reveló entonces el nombre buscado: Ismael Marcelo Siri, un poeta y escritor de muy reconocidos valores, destacado colaborador del diario La Prensa, cuya obra fuera difundida también por algunos medios radiales, y que mantenía, desde hace muchos años, una entrañable amistad con mi querida abuela materna.
Por eso, aquella misma noche del lunes 4 de junio, me senté en mi mesa de trabajo y comencé a escribir aquellas cálidas y emotivas lineas para mi querida abuela, que comenzaban y concluían de la siguiente manera:
«Querida “Mama”: Como ya sabrás, en estos dos últimos meses me he volcado casi de lleno a la grata (aunque no fácil) tarea de completar mi libro. “23 Poemas de Amor y una Plegaria”. Y al decir “completar, me refiero, pura y exclusivamente, al verdadero y exacto significado del título del libro; a la total y clara dimensión de lo que implica esa simple palabra, unas veces ignorada, otra veces encontrada, y otras veces (inútil sería negarlo) crudamente pisoteada. Me estoy refiriendo, desde luego, al verdadero significado de esa infinita palabra llamada “Amor”. Y he querido, después de tantas reflexiones, tantas ilusiones y algunos sinsabores, rendir en esta hora (¿por qué no?) un culto a mi existencia y a todo aquello (inmaterial e inmortal) que de ella pudiera surgir. Fue así que, de pronto, me encontré cantándole a la vida, a la amistad bien entendida, a la tierra que me vió nacer y a la otra que aprendí a querer como si fuese mía. Y es así que hoy, con mi primer trabajo terminado y el segundo a punto de completar, me encuentro ante la real posibilidad de ver mi obra impresa. Pero claro, para que ésta fuera completa, sólo me faltaría el aporte de alguien autorizado; y ese alguien y su opinión escrita (a modo de prólogo) serían de gran ayuda para mí y servirían para realzar una obra que, según las opiniones de la casa editora interesada, “es exquisitamente bella y original” (y aclaro que no lo digo yo, sino mis futuros editores). Por eso quiero comentarte que días atrás, leyendo un ejemplar de El Oeste, me vino a la memoria tu vieja amistad con los poetas mercedinos y me acordé de pronto de Ismael Marcelo Siri, que años atrás le hiciera el prólogo al libro de Ilda Rodriguez. Entonces se me ocurrió fotocopiar mi libro y enviártelo junto con estas lineas, para que tú se lo hagas llegar a Ismael. Es mi deseo, antes que nada, que tú lo leas (despacio y sin apuro) y me envíes luego tu más sincera opinión al respecto. Sin más que decirte y esperando tu respuesta, te despide con un fuerte y cálido abrazo, tu nieto, Carlos».
Una semana después, recibía su respuesta a vuelta de correo. Decía lo siguiente:
«Mi querido nieto Carlitos: Recibí tu envío con suma alegría y (¿por qué no?) con sumo envanecimiento. Me halaga infinitamente que quieras mi opinión. Se hace difícil separar el sentimiento de la objetivación; del frío razonamiento. Trato de situarme en la vereda de enfrente y leer a un desconocido, sin pasionismo de ninguna especie. Tú sabes que yo, de poesía, poco y nada sé. No tuve, lo que se dice, una formación académica. La única formación que tuve me la dió la vida, con sus cosas y sus circunstancias, y mi disponibilidad para la recepción de todo aquello que sacude las fibras del ser. Desde este sitio de mi observación, te digo que a mí me parecen muy buenos tus trabajos. Yo te diría, además (es mi parecer), que tú le escribas a Ismael, le envíes tus trabajos y, de merecer su cálida aprobación, le solicites, con toda modestia, algunas palabras de estímulo que sirvieran a tu libro de puntal para su presentación. Tú le puedes decir que tu abuela te sugirió que lo consultes a él, porque sabe ella de su capacidad, buen gusto y exigen-cia, condiciones inseparables que en él tienen libre ejercicio. Así lo demostró siempre, y no creo correcto que sea yo, en primer término, quién le pida que te haga el prólogo. En cambio, se vería bien que un poeta joven le pida su autorizadísima opinión, guardando para luego de saberla, el recatado, el contenido y ansiado logro de pretender un prólogo. ¿No te parece?... ¡Admiro tu elevación de pensamiento y el sentido cristiano de tus sentimientos! ¡Estoy orgullosa de tus bondades y de tu madurez!... Carlitos querido, quiero que me tengas al tanto de lo que resuelvas y de lo que opinas sobre mi propuesta. Con un beso inmenso te da las buenas noches tu abuela que te quiere mucho y te valora, “Mama”».
Otra vez las palabras de mi querida abuela hacían brotar alguna lagrimita de mis ojos, que inútilmente hubiera tratado yo de contener. Pero estas eran lágrimas de pura felicidad y emoción y, muy lejos de dañarme, me resarcían ampliamente de aquellas otras que hubiesen sido motivadas por el dolor y el desconsuelo. Este llanto de alegría era para mí un inmenso oasis en este corazón atormentado por tristes recuerdos.
Nuevamente, ¡como en tantas benditas ocasiones!, mi abuela volvía a conmoverme con sus razonamientos y su juicio amplio de criterio y pleno acierto. Sus palabras eran, como siempre, fruto constante de humildad y eterna sabiduría, valores adquiridos a través de un ejemplo de vida concebido desde la cuna, y maduradas plenamente a través del tiempo y los caminos recorridos. ¡Y ésta sería la mayor y más preciada herencia que en vida me legara!
Una vez más, sus palabras descorrían el velo de mis sienes y se erguían majestuosas en mi clara percepción, sacudiendo plenamente mis sentidos. ¡Cuánta razón tenía!... Yo me atribuía el derecho —muy erronea-mente— de pretender de alguien que no conozco bien y que, además, no me conoce ni ha leído mi labor, un ansiado prólogo para mi libro, sin consultar su opinión sobre mi obra. Con esa actitud, yo pondría en un serio compromiso, no sólo a mi abuela, a quién pretendía utilizar como emisario, sino también a Ismael, el destinatario final de ese pedido.
Por eso no lo pensé dos veces y decidí, sin pérdida de tiempo, aceptar como válidos esos sabios y tan atinados consejos de mi abuela.
Tomé papel y lápiz y comencé a escribir mis primeras lineas dirigidas a Ismael, solicitándole humildemente su opinión sobre mis trabajos y poniendo sumo cuidado en evitar mencionar mi anhelada pretensión final. Luego me puse a escribir una segunda carta para mi abuela, en la cual le agradecía y valoraba su opinión y sus sanos consejos, aclarándole, además, que la primera carta estaba destinada a quien, de acuerdo a su aceptada sugerencia, iba a ser el receptor y crítico de mi labor poética.
Coloqué las dos cartas en un mismo sobre de tamaño oficio, agregando una copia para Ismael de mi casi terminado segundo libro —el primero ya estaba en poder de mi abuela—, y le envié todo con mi padre, que se disponía a viajar hacia Mercedes.
Cuatro días después, mi padre estaba de regreso con la respuesta de Ismael y una carta adjunta de mi abuela adherida en primer término. Abrí el sobre con manos temblorosas de emoción, y leí lo siguiente:
«Carlitos María, querido hijo: ¡Cómo quisiera estar a tu lado para mirarte a los ojos cuando leas la carta que te envía Ismael Marcelo Siri, mi amigo, y desde hoy el tuyo! No te hago demasiados comentarios al respecto, porque huelgan las palabras. ¡Y cómo hubiera querido estar presente tu abuelo “Papún”, para que viera realizada su predicción cuando, a los nueve años de edad, supiste dar pruebas de lo que traías guardado en tu cofre de reservas emocionales, que requerían su tiempo para fraguar, y que le hicieran exclamar en aquella circunstancia, estas palabras premonitorias para tomar en cuenta: “A este niño hay que inducirlo por el camino de las letras, porque estoy seguro de que ni el padre ni la madre juntos serían capaces de radactar así”. Que estas palabras augurales no te envanezcan, sino que sirvan para autovalorarte, eso sí, y para tomar conciencia de que tienes toda la vida por delante para progresar, para aprender y “aprehender” de cada día los rastros de lo divino dispersos por la tierra, como si fueran mensajes cifrados que Dios esconde entre las cosas. Tu búsqueda de Dios me place. Creo que ahora, querido hijo, estás en condiciones de solicitarle a Ismael una palabras para el prólogo de tu libro. Estoy segura de que lo hará con mucho gusto. El es muy sincero y está reconocido como un Maestro del Soneto, construcción dificultosa que hizo decir a Apolo que él había “inventado el soneto para martirizar a los poetas”. Yo te doy las gracias por el lugar que me has dado en tu amor y en tu respeto. Cuando los hijos y los nietos le dan a una abuela estas satisfacciones, ¡qué va a ser vieja esa abuela!, si su juventud sigue atrayendo como luz a las mariposas, como alma que ha ido sembrando su tránsito por la vida... No me tengas sin noticias. Transmíteles a tus padres y hermanas mi felicitación. Un beso muy grande y, como dirían nuestras madres cuando yo era pequeñita, “hasta mañana hijo, y que Dios te bendiga”. Tu abuela, “Mama”».
Mi corazón dió un vuelco de emoción porque aquellas palabras, impregnadas de una infinita ternura y sabiduría, eran, además, un excelente augurio a mi gestión con Ismael.
Por eso no perdí mi tiempo y desdoblé las hojas de una larga carta tipeada a máquina, que incluía todos aquellos conceptos que mi obra merecía, emitidos de corazón y en forma objetiva, desde la autorizadísima óptica de un poeta de vasta y premiada trayectoria, como lo era Ismael Marcelo Siri.
«Estimado colega —comenzaba diciendo Siri—: Por intermedio de la querida amiga de nuestra casa, su abuela María Elena Rapela, he recibido su atenta solicitud, a fines de que emita opinión sobre parte de su labor poética, solicitud que honra a mi propia labor. Debo decirle, antes que nada, que la primera impresión que recibí fue la de encontrar a un poeta que sabe lo que dice, ¡y lo dice muy bien!... Le confieso que soy adicto a las formas clásicas en la distribución de los versos, y por lo general detesto el verso libre, por carecer de la cadencia y el ritmo necesarios que hacen a la métrica y a la rima. En la mayor parte de sus poemas Ud. emplea el verso libre, pero la falta de orden en la estrofa y en la rima, la suple Ud. con la acentuación. De tal manera, el verso tiene la musicalidad que requiere (seguramente su buen oído para la música es lo que rige en su producción), a tal punto que la ausencia de rima no se percibe. Si bien la poesía está integrada por forma y fondo, creo que así, con la acentuación, ambos están satisfechos. ¡La profun-didad de sus conceptos y las magníficas figuras con que los expresa, permiten augurarle pleno éxito!».
Como si estas palabras no hubiesen sido suficiente recompensa para mí, la carta continuaba con más lineas de conceptos elogiosos y toda clase de aliento y estímulo. Y esto era más de lo que yo hubiera podido es-perar, porque Ismael Siri era considerado un exquisito y se sabia, además, que resultaba demasiado exigente y quisquilloso a la hora de elegir y ponderar, aunque, por cierto, tremandamente objetivo y sincero. ¡Y esto estaba más a mi favor!
No obstante, el resto de sus lineas se orientaban a indicarme, en forma muy académica, algunas reglas de carácter técnico que yo había pasado por alto. Los últimos trabajos incorporados a mi libro eran, precisamente, dos sonetos que yo había decidido agregar para demostrar que también era capaz de componer versos de la más difícil y elaborada construcción, como ya lo había hecho, y con éxito, con la incorporación de quintillos y sextillas de rima y métrica clásica.
Sin embargo, el soneto se componía de muchísimas reglas que debían observarse a la perfección, para que éste no rompiera su armonía. Yo me había “devorado” muchos libros sobre literatura y comunicación y alguna que otra edición del viejo «Romance Castellano», pero estos pertenecían al ciclo básico y escuela intermedia, y allí no aparecían algunas cláusulas elementales para quien pretenda elaborar un soneto en forma perfecta, hablando técnicamente, por supuesto.
Por eso Siri continuaba diciendo:
«En los últimos trabajos de su libro, Ud. demuestra que también posee formación académica, empleando sextillas y quintillos clásicos de impecable construcción, impregnados de una exquisita y fina dulzura. Sin embargo, es necesario detenerse en los dos sonetos. En ambos cambia Ud. las consonantes de los cuartetos, y eso rompe, en cierta medida, la armonía requerida. En el soneto clásico (el verdadero soneto) los dos cuartetos deben llevar idénticas consonantes. Si bien se han visto algunos sonetos con el cambio de rima entre el primero y el segundo cuarteto, no deja de ser una aventura poco recomendable, sobre todo para quien da sus primeros trabajos al público».
Luego seguían dos páginas completas con la correción de las acentuaciones en la sexta sílaba —otra regla elemental del soneto— o el reemplazo en cuarta y octava, por ausencia en la sexta.
Finalmente completaba sus lineas aconsejando algunas modificaciones con pequeñas correcciones de texto en algunos versos, que yo agradecería, pero que no podría utilizar jamás como propios, porque —¡Dios lo sabe— no cabía en mi razón tomar ideas y pensamientos ajenos, aunque fuesen regalados, como en este caso.
Por último, Ismael cerraba sus lineas con estas palabras de estímulo:
«Bien, amigo Carlos, si no hubiera aconsejado todo lo anterior, no hubiese sido sincero y su solicitud quedaría sin respuesta. Sé que sus errores han sido involuntarios, porque los libros que Ud. seguramente consultó, omiten algunas de estas reglas. Esto lo va a encontrar Ud. en los textos de enseñanza superior, pero no creo que vayan a agregar mucho más a lo que Ud. ya demostró que sabe. Humildemente, puedo a-segurarle que estos últimos conceptos completan hoy su ya positiva formación académica. Espero que le sirven de provecho y le auguro mucho éxito. Un abrazo. Ismael Marcelo Siri».
No se podía negar que Ismael era un verdadero maestro de alma —y de hecho lo fue en la práctica, ya que desempeñó durante muchos años ese cargo en escuelas de enseñanza media—, y esto quedaba demostrado con la enorme tarea que se había tomado conmigo, evidenciando un sincero interés, ajeno a toda especulación.
Ahora sí —como observara mi querida abuela— estaba en verdaderas condiciones de solicitarle al amigo Ismael unas palabras que sirvieran de empujón para la presentación de mi primera obra, y que le agradecería, seguramente, durante toda mi vida. Pero primero debía recomponer mis defectuosos sonetos, aplicando los conceptos de su tan instructiva cátedra, que yo había asimilado ya perfectamente.
Cambié entonces los versos que no contemplaban todas esas reglas básicas, por imágenes nuevas dotadas de cálida originalidad y sentido poético, respetando la rima clásica y las acentuaciones mínimas exigidas.
Comparé entonces mis versiones anteriores con las nuevas y, ¡cuán grande fue mi sorpresa al notar la enorme diferencia!... El ritmo, la armonía, la estética y la acentuación, me parecieron esta vez impecables. Claro que eso no debía juzgarlo yo, sino la persona que había sido responsable de aquel cambio, y a la cual le estaría eternamente agradecido de por vida.

 

... A la mañana siguiente, fotocopiaba por segunda vez mi libro completo —esta vez con las correcciones efectuadas— y abrochaba las hojas, dejando dos páginas libres para el prólogo de Ismael. Pero esta vez no lo coloqué en un sobre para enviarlo, y tampoco me dispuse a escribir ninguna carta, porque decidí presentarme personalmente en la casa de Ismael, a efectos de llevar a cabo mi gestión con mejores resultados. Además, él se había tomado tantas molestias y me había dedicado tanto de su valioso tiempo, que yo consideré necesario y oportuno devolverle esa atención en forma personal.
Postergué por unos días mis clases particulares, avisando a todos mis alumnos con anticipación, y solicité dos días de licencia en mi trabajo. Era un miércoles y yo sólo faltaría a mis obligaciones el jueves y el viernes. Luego venía el fin de semana, de modo que tenía cuatro días para estar con mi abuela y llevar a cabo mi gestión con Ismael.
Al día siguiente tomaba el tren con destino a Mercedes y tres horas después caminaba por la avenida principal hacia la casa de mi abuela, que quedaba a unas doce cuadras de la estación principal de ferrocarriles.
Cuando llegué, la puerta estaba sin llave, como era habitual a esas horas del día. La casa estaba en un completo silencio. Eran apenas las cuatro de la tarde y ella estaría, seguramente, durmiendo su sagrada siesta.
Tampoco provenían ruidos desde el piso superior, morada de mi tío Marcelo, porque seguramente él no habría siquiera amanecido, tomando en cuenta sus jornadas periodísticas nocturnas.
Sólo se escuchaba el monótono y tranquilo traqueteo de las máquinas impresoras, proveniente de la casa vecina: los talleres del diario. Estas trabajaban día y noche, casi sin descanso. Durante la noche, porque eran cargadas con plomo, papel y tinta, respectivamente, y durante el día porque debían componer el material informativo que iba entrando a la redacción.
En vista de la situación, decidí hacer tiempo hasta que mi abuela despertara de su siesta, y me dirigí a la cocina, dispuesto a entretenerme con el mate y con la radio. Cerré la puerta que comunicaba con el resto de la casa para no molestar con mis ruidos, encendí la radio, puse a calentar una pava con agua y revolví los cajones buscando el mate y los otros complementos necesarios. Una vez hecho esto, tomé una pequeña bandeja y me instalé en la mesa del comedor, echando una hojeada a todos los periódicos que había por allí.
Una hora después, escuché los primeros pasos provenientes del otro extremo de la casa, seguidos por el característico borboteo que produce el agua al correr por las tuberías. Luego se escuchó el chirrido de canillas que se cerraban, y otra vez el ruido de pasos, que ahora parecían más cercanos, anunciando su proximidad.
Era mi abuela que se había levantado de su siesta y venía hacia la cocina, dispuesta, seguramente, a entreverarse con su mate y su lectura informativa de todos los días, que ella cumplía en dos etapas rigurosas: la primera por la mañana y la segunda por la tarde; aunque en esta ocasión, seguramente, iba a dejar sin efecto la segunda.
Mi primera intención fue esconderme tras la puerta para darle una sorpresa, pero enseguida comprendí que podría ella llevarse un gran susto. Seguramente, a sus ochenta años ya cumplidos, esto tendría que afectarle, aunque tuviese un corazón sano y fuerte como un roble. Por eso decidí permanecer sentado como estaba, con el mate en la mano y una cantidad de periódicos desparramados a mi alrededor.
Cuando abrió por fin la puerta del comedor, se quedó petrificada, mirándome como si hubiese visto un fantasma. Como no terminaba de reaccionar, me puse de pie y le dije en son de broma:
—¿Qué te ocurre, “Mama”?... ¿Acaso tengo garras y colmillos?... ¡Ni que hubieras visto al Conde Drácula en persona!...
Entonces ella, un poco confusa todavía, restregándose los ojos con ambas manos, me dijo:
—Quiero saber una sola cosa: ¿eres tú en carne y hueso quien está sentado allí, o yo sigo durmiendo en mi cama y esto es sólo un sueño?...
—Soy yo en carne y hueso —le respondí con una sonrisa—; tu nieto Carlos María Reyna Bustos Berrondo; el mismo que viste y calza, y que vino desde Buenos Aires a visitarte.
—¡A otro perro con ese hueso! —dijo en tono de broma, mientras me daba un fuerte y cálido abrazo, depositando un beso en cada una de mis mejillas—. Tú no has venido esta vez para verme a mí, sino a Ismael.
—Esta vez te equivocas —le dije sonriente, mientras ella me miraba sorprendida—. He venido para que tú y yo, juntos, vayamos a verlo a Ismael. Quiero agradecerle personalmente las molestias que se tomó por mí, y muy especialmente sus palabras de estímulo y sus lecciones, que me abrieron un completo y nuevo panorama. Y deseo que tú seas parte de ello porque, sin tu apoyo y tus sabios consejos, nada de esto hubiera sido posible.
Noté enseguida que a mi abuela se le estaba haciendo un nudo en la garganta, porque quiso decir algo y su voz no salía de su boca. Por fin se repuso y exclamó con profunda alegría y emoción:
—¡Hijo querido de Dios!... No te emaginas la alegría inmensa que me acabas de obsequiar con tus palabras y con tu presencia. Estaba ansiosa esperando tu carta para Ismael, pero jamás pensé que te irías a tomar la molestia de venir hasta aquí; hubiera sido pedir demasiado.
—Nunca es pedir demasiado cuando se trata de retribuir un favor como el que me hiciera el buen amigo Ismael. El me ha brindado, al igual que ese maravilloso público de aquel festival (hace once años), el mayor tributo que puede brindarse a un artista: el cálido reconocimiento a mi obra y su apoyo incondicional. Por eso le debo tanto y me pareció que debía agradecércelo personalmente, lo mismo que a ti, que pusiste claridad en mis ideas, evitando que cometiera un desatino, pretendiendo un prólogo para mi libro de quien no tenía aún su aprobación. En ese momento mi juicio se había nublado, y eso es fácil que suceda cuando las cosas se razonan con el corazón y no con la cabeza. Es allí, precisamente, cuando necesitamos que alguien nos haga ver la realidad, para poder así recuperar nuestra cordura.
—Yo te agradezco infinitamente tus conceptos, y creeme que tus razonamientos me llenan de orgullo y profundo gozo, y me terminan ensanchando el alma. Pero quiero confesarte algo muy importante: si bien uno guarda en un rinconcito de su corazón la más secreta y recóndita esperanza de que nos den una alegría, como ésta que acabas de regalarme, no me hacía en realidad muchas ilusiones al respecto, porque nunca es bueno pretender demasiado de los demás, aunque sea de alguien como tú. Los demás siempre dan porque quieren, cuando quieren y cuando así lo sienten, y no porque tengan la obligación de dar. Por eso yo no esperaba que tú me sorprendieras de esta forma, y por eso hoy es mucha más la alegría que me embarga. Ahora sólo quiero pedirte una simple cosa: ¡no dejes nunca de sorprenderme!...

 

... Esa misma tarde, con las primeras sombras del crepúsculo, mi abuela y yo nos dirigíamos hacia la casa de Ismael, previo anuncio telefónico de mi llegada y tras concertar la hora adecuada a la conveniencia de nuestro buen amigo.
La casa quedaba a sólo cinco cuadras de distancia, y éstas resultaban bastantes más cortas que las de Buenos Aires. Cuando allí las cuadras eran de cien metros, aquí apenas llegaban a setenta, haciendo un cálculo aproximado. De modo que, en lugar de los quinientos metros de la gran mole urbana, aquí debíamos recorrer apenas trescientos cincuenta.
Llegamos enseguida, porque mi abuela, a pesar de sus ochenta años, todavía conservaba el paso ágil. Ella seguía siendo un prodigio de juventud, no sólo en su espíritu y en su carácter alegre y jovial, sino también en su respuesta física. Aún cantaba con su potente voz de contralto, acompañándose con su guitarra, a la cual le arrancaba acordes y sonidos de exquisita tonalidad, floreándose con punteos y bordoneos de bellísima concepción, que exigían manos ágiles y jovenes como las suyas.
Cuando alargó su dedo índice derecho para presionar el botón del timbre, frente a la casa de Ismael, me quedé mirando con asombro aquellas manos jóvenes y tersas, en donde se movían, con increíble elastici-dad, aquellos dedos largos y elegantes.
—¿Qué te has quedado observando con tanto empeño, que tus ojos no hacen más que apuntar a mis manos? —inquirió mi abuela, que se había percatado de mi insistente contemplación.
—Precisamente miraba tus manos —observé—. Parece que el tiempo no se hubiese detenido en ellas, haciendo caso omiso a la ley de la naturaleza.
Ella se quedó mirándome sonriente y estaba por responder a eso, pero no alcanzó a prununciar palabra, porque ya la puerta se estaba abriendo de par en par y la señora Siri salía a recibirnos para darnos una afectuosa bienvenida.
Enseguida nos hizo pasar a una pequeña, pero cómoda sala, alojándonos en un amplio y mullido sofá, frente a una gran pared con estantes de madera empotrados desde el piso hasta casi el cielo raso. Era una inmensa biblioteca con volúmenes de todos los tamaños, y los libros desbordaban y se erguían majestuosos a lo largo y a lo ancho de los anaqueles.
Me puse de pie para echar una pequeña mirada a ese inmenso compendio literario, mientras las esposa de Ismael se excusaba y se retiraba para dar aviso de nuestra presencia al dueño de casa.
No podía evitar sentir una atracción irresistible por todos esos volúmenes que reposaban, mudos y solitarios, en ese gran universo de páginas memorables, esperando que alguien los abriese y se perdiera en un deleite de recursos estilísticos, ante los grandes nombres de la literatura universal de todos los tiempos. Allí descansaba el genio de Victor Hugo, Alejandro Dumas, Bertold Brecht, William Shakespeare y todos los grandes esponentes de la poesía moderna y contemporanea de varios continentes; desde la lírica del romanticismo becqueriano, pasando por los poetas parnasianos franceses, hasta los modernistas como Darío, Chocano y Martí. También estaban los grandes genios que representaban la poesía oriental: Gibrán, Tagore, Biálik y Omar Kayyám, al que Siri le dedicara un hermoso soneto en su libro «Estampas en Plata y Sueños».
Me hubiese quedado largo rato contemplando aquella infinidad de tomos que parecían no acabar nunca, pero Ismael ya estaba con nosotros y mi abuela ya se ponía de pie para saludarlo con su modo afectuoso, tomando entre sus manos el rostro de su amigo y depositándo un beso en su frente, al tiempo que le decía con voz alegre:
—Ismael querido: ¿a que no te esperabas que mi nieto viniera a verte personalmente?
—Si debo ser sincero, no; no me lo esperaba. Por eso me sorprendió muchísimo cuando usted me telefoneó, hace apenas unas horas.
Y adelantándose hacia mí, me tendió su mano cálida, que yo estreché sin perdida de tiempo, y me dijo:
—¿Y a qué debo el honor de su visita?... Porque, según su abuela, usted viajó especialmente desde Buenos Aires para verme.
—No dramaticemos, amigo Ismael, que Buenos Aires no es el fin del mundo... Queda sólo a 100 kilómetros de Mercedes. Además, aproveché el viaje para visitar a mi abuela.
—De todos modos, hizo usted ese viaje para verme a mí —insistió Ismael.
—Era lo menos que podía hacer, después de lo que hizo usted por mí.
—Yo no hice nada —respondió Siri humildemente—; sólo creí justo responder a su inquietud, después del trabajo que se tomó usted al enviarme sus obras, solicitando mi opinión.
—Es usted demasiado condescendiente, porque el trabajo se lo tomó usted. No sólo tuvo palabras de aliento y estímulo para mi labor, sino que también gastó su tiempo orientándome en forma tan amena y catedrática, y haciéndome ver algunos errores cometidos que hubieran sido emperdonables. ¡Ha sido usted un gran maestro para mí!... Y en honor a su desinteresada labor, he traído conmigo el fruto de sus enseñanzas: los dos sonetos de mi libro, modificados en base a las perfectas reglas que supo usted inculcarme, muchas de las cuales (como bien lo dijo usted) no se encuentran en los libros de enseñanza media que yo consulté.
Y sin esperar respuesta, abrí aquel gran sobre que traía conmigo, entregándole la copia de mi libro con las correcciones efectuadas, e indicándole las últimas páginas en donde estaban los dos sonetos.
Sin decir palabra, Ismael tomó el libro, lo abrió en donde yo le había indicado, se sentó en el amplio sofá junto a la lámpara que proyectaba toda su energía sobre aquel sitio, extrajo sus anteojos de leer y se entregó de lleno a la lectura. Sus ojos se paseaban lentamente por las lineas de los versos sin que su rostro denotara ningún tipo de emoción. Ismael no era una persona demasiado demostrativa en sus gestos, pero tampoco se guardaba nada para sí, siendo justo y medido en sus palabras —aunque no mezquino— a la hora de emitir sus opiniones.
Fue por eso que mi abuela, que se había quedado observando expectante cada gesto suyo, como conteniendo la respiración, se llevó una mano al pecho y dejó escapar un grito de emoción cuando Ismael terminó su lectura y se incorporó de un salto, emitiendo la siguiente conclusión:
—¡Magnífico!... ¡Excelente!... Permítame que lo felicite y que le tienda mi mano. Usted no sólo asimiló perfectamente mis consejos, sino que los aplicó estupendamente, demostrando un enorme talento y capacidad.
Y mientras yo correspondía a esa mano cálida y sincera que me tendía, el pronunciaba una sentencia que me llenaba de gozo:
—Usted dice que me considera su maestro, y yo puedo asegurarle que eso me halaga muchísimo. Pero creo que hoy ha dejado usted de ser mi alumno, porque ya no hay nada que pueda yo enseñarle... ¡Se ha convertido usted en un verdadero “estilista del soneto”!... Y eso es mucho más mérito suyo que mío.
¡No podía creer lo que estaba escuchando!... Estas palabras suyas eran una dulce música para mis oídos y hubieran dado alas a mi vanidad, si no fuese yo quien era en realidad. Por eso las tomé como lo que debían ser: el fruto de un inapreciable reconocimiento a mi labor y el resultado de mi permanente interés por aprender, teniendo como destino final equilibrar mis juicios hacia el sentido de la autovaloración.
Estas palabras, tan inesperadas y conmovedoras, me habían quitado el habla por completo, haciéndome perder la capacidad de reacción.
Cuando pude reponerme ya era tarde, porque nuestra anfitriona hacía su entrada en la sala, trayendo una bandeja con masas dulces y cuatro tazas de café.
Yo no había querido aún hacerle a Ismael ninguna mención sobre mi anhelada pretención final de obtener un prólogo suyo para mi libro, porque esperaba que él leyera primero mis trabajos arreglados en base a sus sanos consejos, para tener así su última opinión. Y ahora que la tenía —¡y con qué resultados!— consideré que era el momento propicio para hacerlo.
Esperé que Ismael terminara su café y comencé a hilvanar las primeras palabras, pero enseguida me interrumpí, porque sus ojos se habían detenido en los originales de mi segundo libro, que descansaban sobre una silla que había a su lado.
Depositó tranquilamente su taza vacía en la bandeja que estaba sobre la pequeña mesa de fumar, tomó el libro entre sus manos y comenzó a pasar las hojas en forma rápida, como haciendo un breve cálculo de su contenido. Luego preguntó:
—¿Este «Poemas del Segundo Tiempo» es el mismo que me hiciera llegar por intermedio de su abuela?
—El mismo —le respondí—; sólo que un poco más voluminoso, porque han sido agregados algunos poemas más. El que usted recibió, sólo traía unos pocos trabajos sueltos.
—¡Ya me parecía! —observó, ya satisfecha su curiosidad. Y enseguida abrió una página al azar y se perdió en sus lineas.
Unos instantes después, levantó su cabeza por encima del hombro de mi abuela y, dirigiéndose a su esposa, que estaba sentada al otro extremo del sofá, le dijo:
—¡Escucha esto, Olga!...
Y acto seguido recitó en voz alta, acentuando con énfasis los primeros versos de aquel poema que decía: «Cuantas veces me bastaron / los pinceles y las manos / y los ojos inmutables del silencio, / para dar a conocer mis versos»...
Entonces hizo la pausa y bajó el libro, para escuchar a su esposa que decía con admiración:
—¡Qué bueno!...
Pero Ismael fijó esta vez la mirada en mi abuela y, con una voz enérgica que en ese instante nadie supo cómo interpretar, replicó:
—No; no es bueno... ¡es buenísimo!...
Si mi corazón dió un vuelco de satisfacción, llegando a conmover hasta la última fibra de mi ser, no quiero ni pensar lo que habría hecho en el de mi abuela. Por fortuna el suyo era sano y fuerte, y estaba apto para recibir la más viva de las emociones. Su cara transmitía ahora un brillo radiante de felicidad, y parecía querer expresar la sensación de estar viviendo en el mejor de los mundos. Y lo mismo me sucedía a mí.
Por esa razón, tomando en cuenta el hecho de que ya gozaba de su completa aprobación, consideré que era el momento oportuno para hacerle aquel pedido que fuera el motivo principal de mi viaje. Por eso, aunque él continuaba absorto, recorriendo las páginas de mi segundo libro, decidí interrumpir su lectura para decirle:
—Amigo Ismael: creo que ha llegado el momento de que le haga una confesión...
Desvió él sus ojos de aquel libro que sostenía entre sus manos y levantó la vista hacia mí, mirándome con gesto de curiosidad. Entonces proseguí:
—Cuando le envié por primera vez mis trabajos, solicitando humildemente su opinión, me guardé para mis adentros un anhelado propósito final, que no quise mencionar hasta estar seguro de que su opinión hacia mi labor fuese favorable, para no ponerlo en un severo compromiso. Yo conocía ya (por intermedio de mi abuela) su capacidad crítica y amplitud de criterio, y sabía, además, de su completa sinceridad en todas sus acciones. Por lo tanto, estaba completamente seguro de que no iría usted a alentar falsas expectativas en mí. Por eso ahora, sabiendo que su opinión por mis trabajos ha sido inmejorable, deseo hacerle un humilde pedido.
—Con mucho gusto, si es que puedo servirle de ayuda —respondió Ismael.
—De mucha más ayuda de la que usted pueda imaginar —observé—.
Como ya le comenté en las lineas que le envié, una conocida editorial de Buenos Aires está por publicar mi primer libro de poemas. Por eso, sería un inmenso honor para mí que fuese usted el prologuista de ese libro.
Siri no respondió enseguida. Se quedó un momento pensativo, paseando su mirada por el rostro expectante de mi abuela y luego del mío, para decir finalmente:
—Déjeme decirle, en primer lugar, que el honor sería más mío que suyo. Pero quiero hacerle una pregunta: ¿está usted seguro de lo que me pide?... Porque yo considero que existen nombres más autorizados que el mío para esa labor...
—Su humildad me conmueve —le respondí—. Pero yo no podía esperar otra cosa de usted, porque hay una verdad irrefutable en todo esto: sólo los grandes hombres pueden llegar a portar esa humildad que usted demuestra. Y para eso hace falta ser portador también de una gran sensibilidad. Por eso yo creo que es usted un grande de verdad.
—Sus palabras me halagan muchísimo, pero yo no soy un grande, como usted dice; soy un hombre sencillo con un poco de camino recorrido, que aprendió a mirar la vida desde un ángulo más simple y positivo. De todos modos, sería un gran desafío prologar su libro... aunque a mí me encantan los desafíos. Por eso... ¡cuente usted conmigo!...

 

... Aquella noche no me fue posible conciliar el sueño, sino hasta casi entrada la madrugada, porque las palabras de aliento de Ismael aún seguían retumbando en mis oídos, como si fuesen los compases del último movimiento coral de la Novena Sinfonía de Beethoven. Por eso me encerré en la cocina con la radio, hartándome de mate y de recuerdos frescos, hasta que las primeras luces del día comenzaron a filtrarse por la ventana del comedor.
A eso del mediodía mi abuela me vino a despertar, porque Ismael estaba al teléfono y pedía hablar conmigo.
—Todavía está durmiendo el muy remolón —le había dicho mi abuela a Ismael—. Seguramente anoche habrá trasnochado, como es su costumbre. Pero ya te lo despierto.
—No lo despierte, déjelo —manifestó Ismael—. Yo puedo llamar más tarde.
Pero ella insistió y por eso ya me estaba restregando los ojos, incorporándome de un salto para correr al teléfono.
—Perdóneme que lo haya despertado —se disculpó Ismael—, pero estoy cada vez más entusiasmado con su labor. Por eso quiero preguntarle si puedo disponer de una página más en su libro, porque estoy con-vencido de que no me va a alcanzar con las dos que usted me destinó.
Inmensamente halagado otra vez con sus conceptos, le respondí:
—Es un placer para mí que usted me pida eso, pero ¿está seguro de que no le va a alcanzar?
—Estoy seguro —respondió—. Creo que dos páginas es muy poco espacio para decir y desmenuzar todo lo que el valor de su obra exige.
—¿Realmente es para tanto? —le pregunté, ambargado por una incontenible sensación de orgullo que no pude evitar.
—Realmente es para tanto —me respondió, con absoluta certeza.
—Entonces, cuente con esa página extra.
—Le agradezco sinceramente su confianza —manifestó— y aprovecho la ocasión para hacerle un pedido extra: me gustaría incluir algunos de sus trabajos en la nueva «Antología de Poetas Mercedinos» que me han encomendado hacer, si usted no se opone.
—¿Oponerme yo?... ¡Por supuesto que no! —aseveré conmovido, con el alma henchida por un indescriptible e infinito goce—. Para mí será un inmenso honor estar en esa antología... Y le agradezco infinitamente que pensara usted en mí.

 

... Dos días después de aquellos sucesos memorables para mí, estaba sentado en la estación, esperando mi tren que me llevaría de regreso a Buenos Aires.
Una vez que el tren se puso en marcha, abrí por enésima vez ese sobre en papel madera que guardaba mis trabajos, y extraje, también por enésima vez, las tres páginas con el prólogo de Ismael.
Releí una vez más aquellas lineas tipeadas a máquina, impregnadas de palabras y conceptos elogiosos, de donde surgían frases como ésta: «Carlos Reyna ha impreso a sus trabajos el sello de una profunda religiosidad, cimentada en la fe en la vida, en la esperanza y en el amor»... «En algunos casos puede advertirse el dejo de una no ocultada frustración sentimental»... «De cualquier modo, debe valorarse que ese acontecer le sirve a Reyna para elaborar páginas de exquisita dulzura, como ocurre en “Horas lentas”, “La nube azul”, “Elegía de tu ausencia”, “Viernes por la tarde”, “Veinte de octubre”, entre otras, impregnadas de una relevante dosis de suspenso. Se entrevé que logra sin esfuerzo figuras de acendrada originalidad». Y a continuación citaba algunos ejemplos, para continuar diciendo: «Por los datos sobre su actividad, se concluye que varias composiciones fueron realizadas apenas llegado a la mayoría de edad, y ya se advierte la madurez del poeta nacido poeta». Finalmente, terminaba rematando con esta sentencia: «Descendiente de una estirpe de periodistas y escritores, entre ellos su abuelo, Don Raúl Bustos Berrondo (uno de nuestros grandes autores), trae el oficio en la sangre y, pese a que se ha escrito, se escribe y se escribirá mucha poesía, no podrá desoir las voces ancestrales, señaladoras de su propio destino. Augúrole este primer éxito; su libro es un fruto bueno con savia de un fuerte raigón».
Todas estas palabras, tan conceptuosas y placenteras, me llenaban de orgullo y aumentaban mi confianza en mi propia capacidad, priorizando —como dije antes— mi sentido de la autovaloración.
Sin embargo, lo que más quedaría grabado en mi emoción y jamás olvidaría, sería, precisamente, aquella frase de mi querida abuela al despedirse de mí, apenas unas horas antes:
—¿Te das cuenta de lo que son las casualidades?... —me dijo emocionada, mientras me daba un gran abrazo y depositaba un beso en mi frente y otros dos en ambas mejillas—. Nuestro buen amigo Ismael también piensa incluir trabajos míos en su antología. Por eso siempre estaremos, abuela y nieto, apareados en los entreveros del alma... Con la música, sobre un mismo escenario y en el mismo día, en aquella final del festival, once años atrás, y ahora con la literatura, en esa «Antología de Poetas Mercedinos». No somos del mismo signo, pero en alguna forma... ¡estamos signados por un mismo destino!...

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