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.....Siete
largos años habían transcurrido desde aquella tarde mágica
de abril de aquel reencuentro inolvidable con Graciela, y mi pequeño
libro de poemas, apenas comenzado por entonces, hoy estaba concluído
con aquel soneto dedicado a mi ciudad natal, que evocaba los recuerdos
de mis años cobijados al amparo de ilusiones juveniles.
Muchos sueños y esperanzas habían recorrido mi sendero
en aquellos inolvidables años dorados. Algunos se habían
cumplido plenamente, dejándomé el sabor eterno de otros
logros evocados a través del tiempo; otros, jamás se habían
realizado, pero aún me quedaban intactas las ilusiones para un
futuro inmediato o lejano... ¡Dios diría!...
¡Cuántos de esos sueños enhebrados en el tiempo,
hoy habitan y recorren aquellas páginas épicas y momoriosas
de ese primer libro de poemas!... ¡Cuántos fueron y cuántos
serán los versos que, seguramente, poblarán las páginas
de mis próximos libros!...
Sin embargo, como si no existieran otro tiempo y otros sueños,
mis manos y mi corazón siempre vuelven a esa página fechada
en ese otoño del ‘77, en donde permanecen, sublimes y esperanzados,
aquellos «Versos a Graciela». Y mis ojos se detienen,
una y cien veces, en aquellas primeras lineas que rezan: «Estoy
al fin sentado / a la sombra del camino, / donde el silencio es mi tiempo,
/ donde la luz es mi guía, / y las horas se me achican / cuando
contigo estoy, / aunque a mi lado no estés». Y finalmente,
mi corazón recorre, uno a uno, aquellos versos que brotaran de
un sentir muy hondo e infinito, hasta llegar a las últimas lineas,
que terminan con una simple conclusión: «Es extraño,
sí... / las horas se me achican / y, sin embargo... / ¡me
sobra el tiempo para quererte!».
¡Qué lejanos estaban y qué cercanos parecían,
sin embargo, aquellos días de plena felicidad compar-tida!...
¡Cuántos proyectos destruídos y cuántas ilusiones
arrojadas en un segundo, por la simple torpeza de dejarse someter a
los caprichos ajenos!
Era una verdad latente y persistente y, sin embargo, tán difícil
de creer y sobrellevar: Graciela, la mujer que tanto amaba y seguiría
amando a través del tiempo y la distancia, era ya sólo
un recuerdo en mi vida, y con ella se perdían un sin fin de sueños
compartidos.
Había sido un completo año de felicidad, después
de aquel incidente infortunado que ambos habíamos dejado en el
olvido.
Ese triste pasado, que alguna vez se interpusiera entre nosotros y que
fuera la causa de aquel primer desencuentro, volvía entonces,
por segúnda vez, a tejer su telaraña de distancia y de
silencio.
Aún recuerdo la última discusión familiar que,
involuntariamente, llegó a mis oídos aquella tarde de
otoño del año ’78. Yo estaba aguardando a Graciela
en la puerta de su casa, sentado en aquel escalón de la entrada,
cuando la voz de su padre me hizo estremecer.
—Sólo quiero que me respondas una cosa —se escucho
tronar a través de la ventana que daba a la calle—: ¿qué
futuro crees que te aguarde junto a un músico vago como ese?
—¡No voy a permitir que le llames vago! —replicó
Graciela, muy molesta—. El no pretende vivir de su música;
tiene un trabajo decente y se puede ganar la vida como cualquier persona,
llegado el caso.
—¿Y qué trabajo es ese, si se puede saber?
—Trabaja en una inmobiliaria muy conocida y en sus ratos libres
da clases de guitarra y piano.
—¡Clases de guitarra y piano!... ¡Gran cosa!... —sentenció
el padre, irónicamente—. ¿Y por él has dejado
a tu novio, hace ya más de un año?... ¡Ese muchacho
sí que valía la pena!... Su familia es de buena posi-ción
y junto a él te esperaba una vida de bienestar y comodidades,
que el otro no te podrá dar jamás.
—¡Eso me tiene sin cuidado! —replicó Graciela,
ofendida—. No voy a unir mi destino a alguien que no quiero, sólo
para satisfacer tus caprichos —y pegando un portazo, salió
a mi encuentro con el rostro consumido por la indignación.
Hasta ese momento, Graciela había sabido defender dignamente
sus derechos de mujer y nuestra felicidad, y por ello yo la amaba tanto
y me sentía orgulloso de su integridad.
Sin embargo, una semana más tarde, frente a la puerta de su casa,
Graciela se presentó ante mí con los ojos inundados por
el llanto, y sus primeras palabras fueron:
—Aunque a mí me rompa el corazón, tengo que decirte
que debemos separarnos, salvo que me puedas llevar a tu casa, cosa que
no creo posible.
—Pero... ¿qué es lo que ocurrió esta vez?
—le pregunté azorado, sin poder entender lo que estaba
sucediendo.
—Mi padre me ha dado el ultimátum —respondió
entre sollozos—. O me comprometo formalmente con el hijo de su
amigo del alma, o me voy de casa para siempre.
—¡El no puede hacer semejante cosa! —protesté,
sin terminar de convencerme de lo que estaba escuchando.
—¡Claro que puede! —replicó Graciela, muy segura
de lo que decía—. Ya tengo veintitres años cumplidos
y hace dos que dejé de estar bajo su responsabilidad. El ya no
tiene la obligación de mantenerme.
—¿Y no tienes alguna amiga que te pueda alojar por unos
días, hasta tanto yo pueda ver cómo soluciono esto? —pregunté,
con la esperanza de que ésta pudiera ser la solución transitoria
al problema.
Pero Graciela había pensado mucho antes que yo en esa posibilidad,
y por eso respondió:
—La mayoría de mis amigas están casadas, y las que
aún siguen solteras, viven todavía con sus padres o demasiado
lejos de Buenos Aires. Lo único que me queda por hacer, es aceptar
lo que dice mi padre y lle-var a cabo ese compromiso de interés,
hasta tanto pueda solucionar las cosas. Un compromiso no es un casamiento;
siempre se puede romper.
—¿Piensas que voy a aceptar que ese fulano de tal ponga
sus sucias manos en ti?... ¡Ni lo sueñes!... ¡No
podría soportar la idea de que otro te tome a su antojo y placer!
—No me tendrá como tú piensas. ¡Mi voluntad
y mi corazón jamás estarán con él!... ¡Ellos
siguen siendo tuyos, y lo seguirá siendo a pesar de todo!
—De todos modos me resulta inconcebible aceptar una cosa así.
¿Por qué no intentas ganar tiempo, hasta que yo consiga
un trabajo extra y te pueda pagar una pensión o cualquier otro
alojamiento?... Luego po-dríamos...
—¿Luego podríamos qué? —preguntó
Graciela, levantando hacia mí su rostro y mirándome con
atención.
—Podríamos casarnos y vivir en casa, hasta que podamos
alquilar un pequeño departamento.
Las palabras habían brotado de mi boca como si fueran un acto
reflejo de supervivencia. ¡Cuánto debía amarla para
llegar al extremo de decir esto!... Había hablado apresuradamente
y sin detenerme a reflexionar sobre la cuestión. Sin embargo,
no me arrepentí ni por un instante, porque sabía que,
dadas las circunstancias, no quedaba otro camino posible. ¡Deseaba
retenerla a toda costa y estaba dispuesto a cualquier sacrificio con
tal de no perderla!
Graciela fijó otra vez en mí esos ojos soñadores
de mirada transparente, visiblemente emocionada, con un brillo de esperanza,
y su boca comenzó a dibujar otra vez esa sonrisa amplia y contagiosa.
Acaricié sus cabellos y me perdí en esa mirada que me
evocaba todas las horas bellas vividas a su lado. Pero ella no tardó
en bajar la cabeza con desaliento, y pronunció aquella frase
que quedó flotando en el aire, como el presagio del más
triste final:
—Es inútil; no hay futuro para nosotros... y no lo habrá
jamás. Aunque Dios sabe cuánto hubiera dado por que no
fuese así.
No podía creer que aquellas palabras de derrota salieran de su
boca. Esta no parecía ser la Graciela que yo conocía.
Aquella Graciela que una vez pisara aquel inmenso hall de SADAIC, dispuesta
a conseguir lo que su corazón le resistía a creer perdido
para siempre. Por eso, en honor a ese recuerdo, intenté disuadirla
de su postura pesimista, invocando su espíritu de lucha, que
yo tanto amaba y admiraba en ella.
—No te imaginas el daño que me causa oirte hablar así
—le dije, sumamente conmocionado—. ¿Qué quedó
de aquella Graciela que vencía todos los obstáculos que
se interponían en el camino de su felicidad, y que era capaz
de luchar contra viento y marea, con tal de lograr sus objetivos?
—Esa Graciela que tú dices, hoy cayó vencida ante
la adversidad y ha perdido su primera batalla.
—Pero una batalla no es la guerra —le dije, secando con
mis manos sus mejillas húmedas y mirándola directamente
a los ojos—. Nunca voy a olvidar tus palabras de aquel reencuentro
nuestro en aquel bar de la calle Paso, cuando pusiste esa sonrisa de
niña traviesa y me dijiste: «Cuando se quiere algo de verdad,
se hace lo imposible para conseguirlo»...
—Eso ya es cosa del pasado —observó ella, bajando
la cabeza—. ¿No te das cuenta de que algo se ha roto dentro
mío?
—Espero que no sea tu amor por mí —dije dolido, temoroso
de que fuese así.
—Mi amor por ti es lo único que ha quedado intacto de todo
esto, y sigue tan firme como siempre.
—¿Entonces?...
—Entonces... todo terminó para los dos. ¿No comprendes
que no puedo luchar contra mi propia familia?... Este es el fin, Carlos...
¡aunque me duela en el alma!
—¿Es tu última palabra? —le pregunté
aterrado, con la esperanza vaga de que ella se retractara.
—Es mi última palabra —sentenció ella, y de
sus ojos brotaron nuevas lágrimas que cayeron sobre sus mejillas
a borbotones, como agua de manatial que no cesa de correr.
Las sequé con mis dedos y, mirando profundamente aquellos ojos
transparentes que jamás volvería a ver, besé por
última vez sus labios húmedos de llanto y le dije:
—Entonces, no hay más nada que decir. Deseo, realmente,
que seas muy feliz... —y girando sobre mis talones me alejé
sin volver la vista atrás.
El sonido de su voz me alcanzó un segundo antes de doblar la
esquina, invocando mi nombre desesperada e insistentemente. Ese grito
repetido y angustioso sacudió todo mi ser y conmovió mi
alma, pero luché con todas mis fuerzas por no ceder a ese llamado,
y continué mi camino.
Dos días más tarde mi madre atendió el teléfono.
Era Graciela que rogaba insistentemente hablar conmigo. Me hice negar,
esa y muchas otras veces más, y con ello también estaba
negando mi propia felicidad.
Seis años habían transcurrido desde aquel triste día
de nuestra despedida, y aún llevaba grabada su última
imagen, clara y definida, en mi mente y en mi corazón.
Desde entonces, muchos rostros de mujer habían intentado reemplazarla,
y otros nombres pretendían renovar mis esperanzas. Muchas ilusiones
nuevas abrieron sus capullos al viento, y por un momento creí
que todo renacía. Pero todo pasa, como pasa el viento entre las
hojas, y los sueños se diluyen como el tiempo cuando sólo
han sido sueños.
La única verdad palpable y etérea seguía latiendo
en mí con la fuerza arrolladora del primer día, y esa
verdad tenía un solo nombre: ¡Graciela!... Y ese nombre
seguiría palpitando dentro mío, tal vez, por el resto
de mis días...
Ese sería mi castigo por haberme dejado vencer ante la adversidad,
bajando los brazos antes de tener perdida la última batalla,
y dejando escapar así la ilusión más grande de
mi vida.
...
Al perder a Graciela, yo perdía también aquel espíritu
de lucha, que fuera el lema principal al que uniera mis más firmes
convicciones y que diera mérito al logro de tantos objetivos.
Sin ese atributo escencial, mi vida estaba perdida para siempre, porque
había dejado mi fortuna librada al azar. Y aún era demasiado
joven para bajar los brazos y rendirme a mi suerte. Tenía apenas
treinta años y una vida por delante.
Sin embargo, aquellos tristes recuerdos que tanto daño me hacían,
motivaron, más que nunca, mi capacidad de crear y componer. De
allí surgieron nuevas canciones que darían testimonio
a tantas alegrías compartidas y algunas frustraciones, y también
de allí nació —¿por qué negarlo?—
mi segundo libro de poemas.
Y gracias a ello, resurgió por fin en mí aquel espíritu
batallador que creía perdido para siempre; porque todas esas
páginas épicas y emotivas que nacieron desde lo más
hondo de mis raíces, fueron paseadas, una y cien veces, ante
los ojos exigentes de los ejecutivos de las más notorias casas
editoras de Buenos Aires. Y una y cien veces, también, me fueron
devueltos sin mayor trámite y comentario.
Sin embargo, no perdí las esperanzas y seguí insistiendo,
hasta que por fin, una tarde de junio de ese año ‘84, el
teléfono me trajo la buena noticia: la Editorial SIDEA (Sociedad
Impresora de Escritores Argenti-nos) estaba interesada en mis «23
Poemas de Amor y una Plegaria», el primero de mis libros.
La propuesta no era muy alentadora, pero no dejaba de ser interesante:
querían sacar a la venta una edición de pequeña
tirada —no más de mil ejemplares—, para ver qué
es lo que pasaba. Luego, si el asunto marchaba bien, se hablaría
de una segunda edición. El precio de venta estipulado sería
muy bajo y apenas alcanzaría a cubrir los costos. De modo que
yo tendría que renunciar a percibir mi porcentaje sobre el precio
de tapa, si realmente quería difundir mi obra.
Los términos del contrato eran un tanto inusuales, por cierto,
pero era la única forma de promover mi libro, y esto me daba,
además, la posibilidad de asociarme a la SADE, la Sociedad Argentina
de Escritores.
No lo pensé dos veces, por supuesto, porque era ésta la
única forma de lograr mi objetivo... ¡Y debía dar
gracias a Dios por tener otra vez un objetivo!... Era éste —nada
más y nada menos— el resultado final de todas mis gestiones
para lograr la edición del libro.
Sólo me faltaba un pequeño detalle: unas pocas palabras
y conceptos de alguna opinión autorizada, que sirvieran como
prólogo a mi obra y, al mismo tiempo, de apoyo y estímulo.
Comencé entonces a barajar nombres de aquí para allá,
como en una suerte de ruleta, buscando alguno que tuviera, por rara
coincidencia, algún mínimo contacto con alguien de mi
familia o algún conocido, y que fuera a la vez un escritor de
cierto nombre y trayectoria. Pero no encontré, de momento, ninguno
que reuniera todas esas cláusulas. De modo que abandoné
el asunto y me aboqué a otras cuestiones.
Al día siguiente, sin embargo, leyendo El Oeste, me encontré
de pronto con un artículo sobre varios poetas mercedinos, en
donde aparecían muchos nombres conocidos y de larga trayectoria.
Y en un instante se me reveló entonces el nombre buscado: Ismael
Marcelo Siri, un poeta y escritor de muy reconocidos valores, destacado
colaborador del diario La Prensa, cuya obra fuera difundida también
por algunos medios radiales, y que mantenía, desde hace muchos
años, una entrañable amistad con mi querida abuela materna.
Por eso, aquella misma noche del lunes 4 de junio, me senté en
mi mesa de trabajo y comencé a escribir aquellas cálidas
y emotivas lineas para mi querida abuela, que comenzaban y concluían
de la siguiente manera:
—«Querida “Mama”: Como ya sabrás,
en estos dos últimos meses me he volcado casi de lleno a la grata
(aunque no fácil) tarea de completar mi libro. “23 Poemas
de Amor y una Plegaria”. Y al decir “completar, me refiero,
pura y exclusivamente, al verdadero y exacto significado del título
del libro; a la total y clara dimensión de lo que implica esa
simple palabra, unas veces ignorada, otra veces encontrada, y otras
veces (inútil sería negarlo) crudamente pisoteada. Me
estoy refiriendo, desde luego, al verdadero significado de esa infinita
palabra llamada “Amor”. Y he querido, después de
tantas reflexiones, tantas ilusiones y algunos sinsabores, rendir en
esta hora (¿por qué no?) un culto a mi existencia y a
todo aquello (inmaterial e inmortal) que de ella pudiera surgir. Fue
así que, de pronto, me encontré cantándole a la
vida, a la amistad bien entendida, a la tierra que me vió nacer
y a la otra que aprendí a querer como si fuese mía. Y
es así que hoy, con mi primer trabajo terminado y el segundo
a punto de completar, me encuentro ante la real posibilidad de ver mi
obra impresa. Pero claro, para que ésta fuera completa, sólo
me faltaría el aporte de alguien autorizado; y ese alguien y
su opinión escrita (a modo de prólogo) serían de
gran ayuda para mí y servirían para realzar una obra que,
según las opiniones de la casa editora interesada, “es
exquisitamente bella y original” (y aclaro que no lo digo yo,
sino mis futuros editores). Por eso quiero comentarte que días
atrás, leyendo un ejemplar de El Oeste, me vino a la memoria
tu vieja amistad con los poetas mercedinos y me acordé de pronto
de Ismael Marcelo Siri, que años atrás le hiciera el prólogo
al libro de Ilda Rodriguez. Entonces se me ocurrió fotocopiar
mi libro y enviártelo junto con estas lineas, para que tú
se lo hagas llegar a Ismael. Es mi deseo, antes que nada, que tú
lo leas (despacio y sin apuro) y me envíes luego tu más
sincera opinión al respecto. Sin más que decirte y esperando
tu respuesta, te despide con un fuerte y cálido abrazo, tu nieto,
Carlos».
Una semana después, recibía su respuesta a vuelta de correo.
Decía lo siguiente:
—«Mi querido nieto Carlitos: Recibí tu envío
con suma alegría y (¿por qué no?) con sumo envanecimiento.
Me halaga infinitamente que quieras mi opinión. Se hace difícil
separar el sentimiento de la objetivación; del frío razonamiento.
Trato de situarme en la vereda de enfrente y leer a un desconocido,
sin pasionismo de ninguna especie. Tú sabes que yo, de poesía,
poco y nada sé. No tuve, lo que se dice, una formación
académica. La única formación que tuve me la dió
la vida, con sus cosas y sus circunstancias, y mi disponibilidad para
la recepción de todo aquello que sacude las fibras del ser. Desde
este sitio de mi observación, te digo que a mí me parecen
muy buenos tus trabajos. Yo te diría, además (es mi parecer),
que tú le escribas a Ismael, le envíes tus trabajos y,
de merecer su cálida aprobación, le solicites, con toda
modestia, algunas palabras de estímulo que sirvieran a tu libro
de puntal para su presentación. Tú le puedes decir que
tu abuela te sugirió que lo consultes a él, porque sabe
ella de su capacidad, buen gusto y exigen-cia, condiciones inseparables
que en él tienen libre ejercicio. Así lo demostró
siempre, y no creo correcto que sea yo, en primer término, quién
le pida que te haga el prólogo. En cambio, se vería bien
que un poeta joven le pida su autorizadísima opinión,
guardando para luego de saberla, el recatado, el contenido y ansiado
logro de pretender un prólogo. ¿No te parece?... ¡Admiro
tu elevación de pensamiento y el sentido cristiano de tus sentimientos!
¡Estoy orgullosa de tus bondades y de tu madurez!... Carlitos
querido, quiero que me tengas al tanto de lo que resuelvas y de lo que
opinas sobre mi propuesta. Con un beso inmenso te da las buenas noches
tu abuela que te quiere mucho y te valora, “Mama”».
Otra vez las palabras de mi querida abuela hacían brotar alguna
lagrimita de mis ojos, que inútilmente hubiera tratado yo de
contener. Pero estas eran lágrimas de pura felicidad y emoción
y, muy lejos de dañarme, me resarcían ampliamente de aquellas
otras que hubiesen sido motivadas por el dolor y el desconsuelo. Este
llanto de alegría era para mí un inmenso oasis en este
corazón atormentado por tristes recuerdos.
Nuevamente, ¡como en tantas benditas ocasiones!, mi abuela volvía
a conmoverme con sus razonamientos y su juicio amplio de criterio y
pleno acierto. Sus palabras eran, como siempre, fruto constante de humildad
y eterna sabiduría, valores adquiridos a través de un
ejemplo de vida concebido desde la cuna, y maduradas plenamente a través
del tiempo y los caminos recorridos. ¡Y ésta sería
la mayor y más preciada herencia que en vida me legara!
Una vez más, sus palabras descorrían el velo de mis sienes
y se erguían majestuosas en mi clara percepción, sacudiendo
plenamente mis sentidos. ¡Cuánta razón tenía!...
Yo me atribuía el derecho —muy erronea-mente— de
pretender de alguien que no conozco bien y que, además, no me
conoce ni ha leído mi labor, un ansiado prólogo para mi
libro, sin consultar su opinión sobre mi obra. Con esa actitud,
yo pondría en un serio compromiso, no sólo a mi abuela,
a quién pretendía utilizar como emisario, sino también
a Ismael, el destinatario final de ese pedido.
Por eso no lo pensé dos veces y decidí, sin pérdida
de tiempo, aceptar como válidos esos sabios y tan atinados consejos
de mi abuela.
Tomé papel y lápiz y comencé a escribir mis primeras
lineas dirigidas a Ismael, solicitándole humildemente su opinión
sobre mis trabajos y poniendo sumo cuidado en evitar mencionar mi anhelada
pretensión final. Luego me puse a escribir una segunda carta
para mi abuela, en la cual le agradecía y valoraba su opinión
y sus sanos consejos, aclarándole, además, que la primera
carta estaba destinada a quien, de acuerdo a su aceptada sugerencia,
iba a ser el receptor y crítico de mi labor poética.
Coloqué las dos cartas en un mismo sobre de tamaño oficio,
agregando una copia para Ismael de mi casi terminado segundo libro —el
primero ya estaba en poder de mi abuela—, y le envié todo
con mi padre, que se disponía a viajar hacia Mercedes.
Cuatro días después, mi padre estaba de regreso con la
respuesta de Ismael y una carta adjunta de mi abuela adherida en primer
término. Abrí el sobre con manos temblorosas de emoción,
y leí lo siguiente:
—«Carlitos María, querido hijo: ¡Cómo
quisiera estar a tu lado para mirarte a los ojos cuando leas la carta
que te envía Ismael Marcelo Siri, mi amigo, y desde hoy el tuyo!
No te hago demasiados comentarios al respecto, porque huelgan las palabras.
¡Y cómo hubiera querido estar presente tu abuelo “Papún”,
para que viera realizada su predicción cuando, a los nueve años
de edad, supiste dar pruebas de lo que traías guardado en tu
cofre de reservas emocionales, que requerían su tiempo para fraguar,
y que le hicieran exclamar en aquella circunstancia, estas palabras
premonitorias para tomar en cuenta: “A este niño hay que
inducirlo por el camino de las letras, porque estoy seguro de que ni
el padre ni la madre juntos serían capaces de radactar así”.
Que estas palabras augurales no te envanezcan, sino que sirvan para
autovalorarte, eso sí, y para tomar conciencia de que tienes
toda la vida por delante para progresar, para aprender y “aprehender”
de cada día los rastros de lo divino dispersos por la tierra,
como si fueran mensajes cifrados que Dios esconde entre las cosas. Tu
búsqueda de Dios me place. Creo que ahora, querido hijo, estás
en condiciones de solicitarle a Ismael una palabras para el prólogo
de tu libro. Estoy segura de que lo hará con mucho gusto. El
es muy sincero y está reconocido como un Maestro del Soneto,
construcción dificultosa que hizo decir a Apolo que él
había “inventado el soneto para martirizar a los poetas”.
Yo te doy las gracias por el lugar que me has dado en tu amor y en tu
respeto. Cuando los hijos y los nietos le dan a una abuela estas satisfacciones,
¡qué va a ser vieja esa abuela!, si su juventud sigue atrayendo
como luz a las mariposas, como alma que ha ido sembrando su tránsito
por la vida... No me tengas sin noticias. Transmíteles a tus
padres y hermanas mi felicitación. Un beso muy grande y, como
dirían nuestras madres cuando yo era pequeñita, “hasta
mañana hijo, y que Dios te bendiga”. Tu abuela, “Mama”».
Mi corazón dió un vuelco de emoción porque aquellas
palabras, impregnadas de una infinita ternura y sabiduría, eran,
además, un excelente augurio a mi gestión con Ismael.
Por eso no perdí mi tiempo y desdoblé las hojas de una
larga carta tipeada a máquina, que incluía todos aquellos
conceptos que mi obra merecía, emitidos de corazón y en
forma objetiva, desde la autorizadísima óptica de un poeta
de vasta y premiada trayectoria, como lo era Ismael Marcelo Siri.
—«Estimado colega —comenzaba diciendo Siri—:
Por intermedio de la querida amiga de nuestra casa, su abuela María
Elena Rapela, he recibido su atenta solicitud, a fines de que emita
opinión sobre parte de su labor poética, solicitud que
honra a mi propia labor. Debo decirle, antes que nada, que la primera
impresión que recibí fue la de encontrar a un poeta que
sabe lo que dice, ¡y lo dice muy bien!... Le confieso que soy
adicto a las formas clásicas en la distribución de los
versos, y por lo general detesto el verso libre, por carecer de la cadencia
y el ritmo necesarios que hacen a la métrica y a la rima. En
la mayor parte de sus poemas Ud. emplea el verso libre, pero la falta
de orden en la estrofa y en la rima, la suple Ud. con la acentuación.
De tal manera, el verso tiene la musicalidad que requiere (seguramente
su buen oído para la música es lo que rige en su producción),
a tal punto que la ausencia de rima no se percibe. Si bien la poesía
está integrada por forma y fondo, creo que así, con la
acentuación, ambos están satisfechos. ¡La profun-didad
de sus conceptos y las magníficas figuras con que los expresa,
permiten augurarle pleno éxito!».
Como si estas palabras no hubiesen sido suficiente recompensa para mí,
la carta continuaba con más lineas de conceptos elogiosos y toda
clase de aliento y estímulo. Y esto era más de lo que
yo hubiera podido es-perar, porque Ismael Siri era considerado un exquisito
y se sabia, además, que resultaba demasiado exigente y quisquilloso
a la hora de elegir y ponderar, aunque, por cierto, tremandamente objetivo
y sincero. ¡Y esto estaba más a mi favor!
No obstante, el resto de sus lineas se orientaban a indicarme, en forma
muy académica, algunas reglas de carácter técnico
que yo había pasado por alto. Los últimos trabajos incorporados
a mi libro eran, precisamente, dos sonetos que yo había decidido
agregar para demostrar que también era capaz de componer versos
de la más difícil y elaborada construcción, como
ya lo había hecho, y con éxito, con la incorporación
de quintillos y sextillas de rima y métrica clásica.
Sin embargo, el soneto se componía de muchísimas reglas
que debían observarse a la perfección, para que éste
no rompiera su armonía. Yo me había “devorado”
muchos libros sobre literatura y comunicación y alguna que otra
edición del viejo «Romance Castellano», pero estos
pertenecían al ciclo básico y escuela intermedia, y allí
no aparecían algunas cláusulas elementales para quien
pretenda elaborar un soneto en forma perfecta, hablando técnicamente,
por supuesto.
Por eso Siri continuaba diciendo:
—«En los últimos trabajos de su libro, Ud. demuestra
que también posee formación académica, empleando
sextillas y quintillos clásicos de impecable construcción,
impregnados de una exquisita y fina dulzura. Sin embargo, es necesario
detenerse en los dos sonetos. En ambos cambia Ud. las consonantes de
los cuartetos, y eso rompe, en cierta medida, la armonía requerida.
En el soneto clásico (el verdadero soneto) los dos cuartetos
deben llevar idénticas consonantes. Si bien se han visto algunos
sonetos con el cambio de rima entre el primero y el segundo cuarteto,
no deja de ser una aventura poco recomendable, sobre todo para quien
da sus primeros trabajos al público».
Luego seguían dos páginas completas con la correción
de las acentuaciones en la sexta sílaba —otra regla elemental
del soneto— o el reemplazo en cuarta y octava, por ausencia en
la sexta.
Finalmente completaba sus lineas aconsejando algunas modificaciones
con pequeñas correcciones de texto en algunos versos, que yo
agradecería, pero que no podría utilizar jamás
como propios, porque —¡Dios lo sabe— no cabía
en mi razón tomar ideas y pensamientos ajenos, aunque fuesen
regalados, como en este caso.
Por último, Ismael cerraba sus lineas con estas palabras de estímulo:
—«Bien, amigo Carlos, si no hubiera aconsejado todo lo
anterior, no hubiese sido sincero y su solicitud quedaría sin
respuesta. Sé que sus errores han sido involuntarios, porque
los libros que Ud. seguramente consultó, omiten algunas de estas
reglas. Esto lo va a encontrar Ud. en los textos de enseñanza
superior, pero no creo que vayan a agregar mucho más a lo que
Ud. ya demostró que sabe. Humildemente, puedo a-segurarle que
estos últimos conceptos completan hoy su ya positiva formación
académica. Espero que le sirven de provecho y le auguro mucho
éxito. Un abrazo. Ismael Marcelo Siri».
No se podía negar que Ismael era un verdadero maestro de alma
—y de hecho lo fue en la práctica, ya que desempeñó
durante muchos años ese cargo en escuelas de enseñanza
media—, y esto quedaba demostrado con la enorme tarea que se había
tomado conmigo, evidenciando un sincero interés, ajeno a toda
especulación.
Ahora sí —como observara mi querida abuela— estaba
en verdaderas condiciones de solicitarle al amigo Ismael unas palabras
que sirvieran de empujón para la presentación de mi primera
obra, y que le agradecería, seguramente, durante toda mi vida.
Pero primero debía recomponer mis defectuosos sonetos, aplicando
los conceptos de su tan instructiva cátedra, que yo había
asimilado ya perfectamente.
Cambié entonces los versos que no contemplaban todas esas reglas
básicas, por imágenes nuevas dotadas de cálida
originalidad y sentido poético, respetando la rima clásica
y las acentuaciones mínimas exigidas.
Comparé entonces mis versiones anteriores con las nuevas y, ¡cuán
grande fue mi sorpresa al notar la enorme diferencia!... El ritmo, la
armonía, la estética y la acentuación, me parecieron
esta vez impecables. Claro que eso no debía juzgarlo yo, sino
la persona que había sido responsable de aquel cambio, y a la
cual le estaría eternamente agradecido de por vida.
...
A la mañana siguiente, fotocopiaba por segunda vez mi libro completo
—esta vez con las correcciones efectuadas— y abrochaba las
hojas, dejando dos páginas libres para el prólogo de Ismael.
Pero esta vez no lo coloqué en un sobre para enviarlo, y tampoco
me dispuse a escribir ninguna carta, porque decidí presentarme
personalmente en la casa de Ismael, a efectos de llevar a cabo mi gestión
con mejores resultados. Además, él se había tomado
tantas molestias y me había dedicado tanto de su valioso tiempo,
que yo consideré necesario y oportuno devolverle esa atención
en forma personal.
Postergué por unos días mis clases particulares, avisando
a todos mis alumnos con anticipación, y solicité dos días
de licencia en mi trabajo. Era un miércoles y yo sólo
faltaría a mis obligaciones el jueves y el viernes. Luego venía
el fin de semana, de modo que tenía cuatro días para estar
con mi abuela y llevar a cabo mi gestión con Ismael.
Al día siguiente tomaba el tren con destino a Mercedes y tres
horas después caminaba por la avenida principal hacia la casa
de mi abuela, que quedaba a unas doce cuadras de la estación
principal de ferrocarriles.
Cuando llegué, la puerta estaba sin llave, como era habitual
a esas horas del día. La casa estaba en un completo silencio.
Eran apenas las cuatro de la tarde y ella estaría, seguramente,
durmiendo su sagrada siesta.
Tampoco provenían ruidos desde el piso superior, morada de mi
tío Marcelo, porque seguramente él no habría siquiera
amanecido, tomando en cuenta sus jornadas periodísticas nocturnas.
Sólo se escuchaba el monótono y tranquilo traqueteo de
las máquinas impresoras, proveniente de la casa vecina: los talleres
del diario. Estas trabajaban día y noche, casi sin descanso.
Durante la noche, porque eran cargadas con plomo, papel y tinta, respectivamente,
y durante el día porque debían componer el material informativo
que iba entrando a la redacción.
En vista de la situación, decidí hacer tiempo hasta que
mi abuela despertara de su siesta, y me dirigí a la cocina, dispuesto
a entretenerme con el mate y con la radio. Cerré la puerta que
comunicaba con el resto de la casa para no molestar con mis ruidos,
encendí la radio, puse a calentar una pava con agua y revolví
los cajones buscando el mate y los otros complementos necesarios. Una
vez hecho esto, tomé una pequeña bandeja y me instalé
en la mesa del comedor, echando una hojeada a todos los periódicos
que había por allí.
Una hora después, escuché los primeros pasos provenientes
del otro extremo de la casa, seguidos por el característico borboteo
que produce el agua al correr por las tuberías. Luego se escuchó
el chirrido de canillas que se cerraban, y otra vez el ruido de pasos,
que ahora parecían más cercanos, anunciando su proximidad.
Era mi abuela que se había levantado de su siesta y venía
hacia la cocina, dispuesta, seguramente, a entreverarse con su mate
y su lectura informativa de todos los días, que ella cumplía
en dos etapas rigurosas: la primera por la mañana y la segunda
por la tarde; aunque en esta ocasión, seguramente, iba a dejar
sin efecto la segunda.
Mi primera intención fue esconderme tras la puerta para darle
una sorpresa, pero enseguida comprendí que podría ella
llevarse un gran susto. Seguramente, a sus ochenta años ya cumplidos,
esto tendría que afectarle, aunque tuviese un corazón
sano y fuerte como un roble. Por eso decidí permanecer sentado
como estaba, con el mate en la mano y una cantidad de periódicos
desparramados a mi alrededor.
Cuando abrió por fin la puerta del comedor, se quedó petrificada,
mirándome como si hubiese visto un fantasma. Como no terminaba
de reaccionar, me puse de pie y le dije en son de broma:
—¿Qué te ocurre, “Mama”?... ¿Acaso
tengo garras y colmillos?... ¡Ni que hubieras visto al Conde Drácula
en persona!...
Entonces ella, un poco confusa todavía, restregándose
los ojos con ambas manos, me dijo:
—Quiero saber una sola cosa: ¿eres tú en carne y
hueso quien está sentado allí, o yo sigo durmiendo en
mi cama y esto es sólo un sueño?...
—Soy yo en carne y hueso —le respondí con una sonrisa—;
tu nieto Carlos María Reyna Bustos Berrondo; el mismo que viste
y calza, y que vino desde Buenos Aires a visitarte.
—¡A otro perro con ese hueso! —dijo en tono de broma,
mientras me daba un fuerte y cálido abrazo, depositando un beso
en cada una de mis mejillas—. Tú no has venido esta vez
para verme a mí, sino a Ismael.
—Esta vez te equivocas —le dije sonriente, mientras ella
me miraba sorprendida—. He venido para que tú y yo, juntos,
vayamos a verlo a Ismael. Quiero agradecerle personalmente las molestias
que se tomó por mí, y muy especialmente sus palabras de
estímulo y sus lecciones, que me abrieron un completo y nuevo
panorama. Y deseo que tú seas parte de ello porque, sin tu apoyo
y tus sabios consejos, nada de esto hubiera sido posible.
Noté enseguida que a mi abuela se le estaba haciendo un nudo
en la garganta, porque quiso decir algo y su voz no salía de
su boca. Por fin se repuso y exclamó con profunda alegría
y emoción:
—¡Hijo querido de Dios!... No te emaginas la alegría
inmensa que me acabas de obsequiar con tus palabras y con tu presencia.
Estaba ansiosa esperando tu carta para Ismael, pero jamás pensé
que te irías a tomar la molestia de venir hasta aquí;
hubiera sido pedir demasiado.
—Nunca es pedir demasiado cuando se trata de retribuir un favor
como el que me hiciera el buen amigo Ismael. El me ha brindado, al igual
que ese maravilloso público de aquel festival (hace once años),
el mayor tributo que puede brindarse a un artista: el cálido
reconocimiento a mi obra y su apoyo incondicional. Por eso le debo tanto
y me pareció que debía agradecércelo personalmente,
lo mismo que a ti, que pusiste claridad en mis ideas, evitando que cometiera
un desatino, pretendiendo un prólogo para mi libro de quien no
tenía aún su aprobación. En ese momento mi juicio
se había nublado, y eso es fácil que suceda cuando las
cosas se razonan con el corazón y no con la cabeza. Es allí,
precisamente, cuando necesitamos que alguien nos haga ver la realidad,
para poder así recuperar nuestra cordura.
—Yo te agradezco infinitamente tus conceptos, y creeme que tus
razonamientos me llenan de orgullo y profundo gozo, y me terminan ensanchando
el alma. Pero quiero confesarte algo muy importante: si bien uno guarda
en un rinconcito de su corazón la más secreta y recóndita
esperanza de que nos den una alegría, como ésta que acabas
de regalarme, no me hacía en realidad muchas ilusiones al respecto,
porque nunca es bueno pretender demasiado de los demás, aunque
sea de alguien como tú. Los demás siempre dan porque quieren,
cuando quieren y cuando así lo sienten, y no porque tengan la
obligación de dar. Por eso yo no esperaba que tú me sorprendieras
de esta forma, y por eso hoy es mucha más la alegría que
me embarga. Ahora sólo quiero pedirte una simple cosa: ¡no
dejes nunca de sorprenderme!...
...
Esa misma tarde, con las primeras sombras del crepúsculo, mi
abuela y yo nos dirigíamos hacia la casa de Ismael, previo anuncio
telefónico de mi llegada y tras concertar la hora adecuada a
la conveniencia de nuestro buen amigo.
La casa quedaba a sólo cinco cuadras de distancia, y éstas
resultaban bastantes más cortas que las de Buenos Aires. Cuando
allí las cuadras eran de cien metros, aquí apenas llegaban
a setenta, haciendo un cálculo aproximado. De modo que, en lugar
de los quinientos metros de la gran mole urbana, aquí debíamos
recorrer apenas trescientos cincuenta.
Llegamos enseguida, porque mi abuela, a pesar de sus ochenta años,
todavía conservaba el paso ágil. Ella seguía siendo
un prodigio de juventud, no sólo en su espíritu y en su
carácter alegre y jovial, sino también en su respuesta
física. Aún cantaba con su potente voz de contralto, acompañándose
con su guitarra, a la cual le arrancaba acordes y sonidos de exquisita
tonalidad, floreándose con punteos y bordoneos de bellísima
concepción, que exigían manos ágiles y jovenes
como las suyas.
Cuando alargó su dedo índice derecho para presionar el
botón del timbre, frente a la casa de Ismael, me quedé
mirando con asombro aquellas manos jóvenes y tersas, en donde
se movían, con increíble elastici-dad, aquellos dedos
largos y elegantes.
—¿Qué te has quedado observando con tanto empeño,
que tus ojos no hacen más que apuntar a mis manos? —inquirió
mi abuela, que se había percatado de mi insistente contemplación.
—Precisamente miraba tus manos —observé—. Parece
que el tiempo no se hubiese detenido en ellas, haciendo caso omiso a
la ley de la naturaleza.
Ella se quedó mirándome sonriente y estaba por responder
a eso, pero no alcanzó a prununciar palabra, porque ya la puerta
se estaba abriendo de par en par y la señora Siri salía
a recibirnos para darnos una afectuosa bienvenida.
Enseguida nos hizo pasar a una pequeña, pero cómoda sala,
alojándonos en un amplio y mullido sofá, frente a una
gran pared con estantes de madera empotrados desde el piso hasta casi
el cielo raso. Era una inmensa biblioteca con volúmenes de todos
los tamaños, y los libros desbordaban y se erguían majestuosos
a lo largo y a lo ancho de los anaqueles.
Me puse de pie para echar una pequeña mirada a ese inmenso compendio
literario, mientras las esposa de Ismael se excusaba y se retiraba para
dar aviso de nuestra presencia al dueño de casa.
No podía evitar sentir una atracción irresistible por
todos esos volúmenes que reposaban, mudos y solitarios, en ese
gran universo de páginas memorables, esperando que alguien los
abriese y se perdiera en un deleite de recursos estilísticos,
ante los grandes nombres de la literatura universal de todos los tiempos.
Allí descansaba el genio de Victor Hugo, Alejandro Dumas, Bertold
Brecht, William Shakespeare y todos los grandes esponentes de la poesía
moderna y contemporanea de varios continentes; desde la lírica
del romanticismo becqueriano, pasando por los poetas parnasianos franceses,
hasta los modernistas como Darío, Chocano y Martí. También
estaban los grandes genios que representaban la poesía oriental:
Gibrán, Tagore, Biálik y Omar Kayyám, al que Siri
le dedicara un hermoso soneto en su libro «Estampas en Plata y
Sueños».
Me hubiese quedado largo rato contemplando aquella infinidad de tomos
que parecían no acabar nunca, pero Ismael ya estaba con nosotros
y mi abuela ya se ponía de pie para saludarlo con su modo afectuoso,
tomando entre sus manos el rostro de su amigo y depositándo un
beso en su frente, al tiempo que le decía con voz alegre:
—Ismael querido: ¿a que no te esperabas que mi nieto viniera
a verte personalmente?
—Si debo ser sincero, no; no me lo esperaba. Por eso me sorprendió
muchísimo cuando usted me telefoneó, hace apenas unas
horas.
Y adelantándose hacia mí, me tendió su mano cálida,
que yo estreché sin perdida de tiempo, y me dijo:
—¿Y a qué debo el honor de su visita?... Porque,
según su abuela, usted viajó especialmente desde Buenos
Aires para verme.
—No dramaticemos, amigo Ismael, que Buenos Aires no es el fin
del mundo... Queda sólo a 100 kilómetros de Mercedes.
Además, aproveché el viaje para visitar a mi abuela.
—De todos modos, hizo usted ese viaje para verme a mí —insistió
Ismael.
—Era lo menos que podía hacer, después de lo que
hizo usted por mí.
—Yo no hice nada —respondió Siri humildemente—;
sólo creí justo responder a su inquietud, después
del trabajo que se tomó usted al enviarme sus obras, solicitando
mi opinión.
—Es usted demasiado condescendiente, porque el trabajo se lo tomó
usted. No sólo tuvo palabras de aliento y estímulo para
mi labor, sino que también gastó su tiempo orientándome
en forma tan amena y catedrática, y haciéndome ver algunos
errores cometidos que hubieran sido emperdonables. ¡Ha sido usted
un gran maestro para mí!... Y en honor a su desinteresada labor,
he traído conmigo el fruto de sus enseñanzas: los dos
sonetos de mi libro, modificados en base a las perfectas reglas que
supo usted inculcarme, muchas de las cuales (como bien lo dijo usted)
no se encuentran en los libros de enseñanza media que yo consulté.
Y sin esperar respuesta, abrí aquel gran sobre que traía
conmigo, entregándole la copia de mi libro con las correcciones
efectuadas, e indicándole las últimas páginas en
donde estaban los dos sonetos.
Sin decir palabra, Ismael tomó el libro, lo abrió en donde
yo le había indicado, se sentó en el amplio sofá
junto a la lámpara que proyectaba toda su energía sobre
aquel sitio, extrajo sus anteojos de leer y se entregó de lleno
a la lectura. Sus ojos se paseaban lentamente por las lineas de los
versos sin que su rostro denotara ningún tipo de emoción.
Ismael no era una persona demasiado demostrativa en sus gestos, pero
tampoco se guardaba nada para sí, siendo justo y medido en sus
palabras —aunque no mezquino— a la hora de emitir sus opiniones.
Fue por eso que mi abuela, que se había quedado observando expectante
cada gesto suyo, como conteniendo la respiración, se llevó
una mano al pecho y dejó escapar un grito de emoción cuando
Ismael terminó su lectura y se incorporó de un salto,
emitiendo la siguiente conclusión:
—¡Magnífico!... ¡Excelente!... Permítame
que lo felicite y que le tienda mi mano. Usted no sólo asimiló
perfectamente mis consejos, sino que los aplicó estupendamente,
demostrando un enorme talento y capacidad.
Y mientras yo correspondía a esa mano cálida y sincera
que me tendía, el pronunciaba una sentencia que me llenaba de
gozo:
—Usted dice que me considera su maestro, y yo puedo asegurarle
que eso me halaga muchísimo. Pero creo que hoy ha dejado usted
de ser mi alumno, porque ya no hay nada que pueda yo enseñarle...
¡Se ha convertido usted en un verdadero “estilista del soneto”!...
Y eso es mucho más mérito suyo que mío.
¡No podía creer lo que estaba escuchando!... Estas palabras
suyas eran una dulce música para mis oídos y hubieran
dado alas a mi vanidad, si no fuese yo quien era en realidad. Por eso
las tomé como lo que debían ser: el fruto de un inapreciable
reconocimiento a mi labor y el resultado de mi permanente interés
por aprender, teniendo como destino final equilibrar mis juicios hacia
el sentido de la autovaloración.
Estas palabras, tan inesperadas y conmovedoras, me habían quitado
el habla por completo, haciéndome perder la capacidad de reacción.
Cuando pude reponerme ya era tarde, porque nuestra anfitriona hacía
su entrada en la sala, trayendo una bandeja con masas dulces y cuatro
tazas de café.
Yo no había querido aún hacerle a Ismael ninguna mención
sobre mi anhelada pretención final de obtener un prólogo
suyo para mi libro, porque esperaba que él leyera primero mis
trabajos arreglados en base a sus sanos consejos, para tener así
su última opinión. Y ahora que la tenía —¡y
con qué resultados!— consideré que era el momento
propicio para hacerlo.
Esperé que Ismael terminara su café y comencé a
hilvanar las primeras palabras, pero enseguida me interrumpí,
porque sus ojos se habían detenido en los originales de mi segundo
libro, que descansaban sobre una silla que había a su lado.
Depositó tranquilamente su taza vacía en la bandeja que
estaba sobre la pequeña mesa de fumar, tomó el libro entre
sus manos y comenzó a pasar las hojas en forma rápida,
como haciendo un breve cálculo de su contenido. Luego preguntó:
—¿Este «Poemas del Segundo Tiempo» es el mismo
que me hiciera llegar por intermedio de su abuela?
—El mismo —le respondí—; sólo que un
poco más voluminoso, porque han sido agregados algunos poemas
más. El que usted recibió, sólo traía unos
pocos trabajos sueltos.
—¡Ya me parecía! —observó, ya satisfecha
su curiosidad. Y enseguida abrió una página al azar y
se perdió en sus lineas.
Unos instantes después, levantó su cabeza por encima del
hombro de mi abuela y, dirigiéndose a su esposa, que estaba sentada
al otro extremo del sofá, le dijo:
—¡Escucha esto, Olga!...
Y acto seguido recitó en voz alta, acentuando con énfasis
los primeros versos de aquel poema que decía: «Cuantas
veces me bastaron / los pinceles y las manos / y los ojos inmutables
del silencio, / para dar a conocer mis versos»...
Entonces hizo la pausa y bajó el libro, para escuchar a su esposa
que decía con admiración:
—¡Qué bueno!...
Pero Ismael fijó esta vez la mirada en mi abuela y, con una voz
enérgica que en ese instante nadie supo cómo interpretar,
replicó:
—No; no es bueno... ¡es buenísimo!...
Si mi corazón dió un vuelco de satisfacción, llegando
a conmover hasta la última fibra de mi ser, no quiero ni pensar
lo que habría hecho en el de mi abuela. Por fortuna el suyo era
sano y fuerte, y estaba apto para recibir la más viva de las
emociones. Su cara transmitía ahora un brillo radiante de felicidad,
y parecía querer expresar la sensación de estar viviendo
en el mejor de los mundos. Y lo mismo me sucedía a mí.
Por esa razón, tomando en cuenta el hecho de que ya gozaba de
su completa aprobación, consideré que era el momento oportuno
para hacerle aquel pedido que fuera el motivo principal de mi viaje.
Por eso, aunque él continuaba absorto, recorriendo las páginas
de mi segundo libro, decidí interrumpir su lectura para decirle:
—Amigo Ismael: creo que ha llegado el momento de que le haga una
confesión...
Desvió él sus ojos de aquel libro que sostenía
entre sus manos y levantó la vista hacia mí, mirándome
con gesto de curiosidad. Entonces proseguí:
—Cuando le envié por primera vez mis trabajos, solicitando
humildemente su opinión, me guardé para mis adentros un
anhelado propósito final, que no quise mencionar hasta estar
seguro de que su opinión hacia mi labor fuese favorable, para
no ponerlo en un severo compromiso. Yo conocía ya (por intermedio
de mi abuela) su capacidad crítica y amplitud de criterio, y
sabía, además, de su completa sinceridad en todas sus
acciones. Por lo tanto, estaba completamente seguro de que no iría
usted a alentar falsas expectativas en mí. Por eso ahora, sabiendo
que su opinión por mis trabajos ha sido inmejorable, deseo hacerle
un humilde pedido.
—Con mucho gusto, si es que puedo servirle de ayuda —respondió
Ismael.
—De mucha más ayuda de la que usted pueda imaginar —observé—.
Como ya le comenté en las lineas que le envié, una conocida
editorial de Buenos Aires está por publicar mi primer libro de
poemas. Por eso, sería un inmenso honor para mí que fuese
usted el prologuista de ese libro.
Siri no respondió enseguida. Se quedó un momento pensativo,
paseando su mirada por el rostro expectante de mi abuela y luego del
mío, para decir finalmente:
—Déjeme decirle, en primer lugar, que el honor sería
más mío que suyo. Pero quiero hacerle una pregunta: ¿está
usted seguro de lo que me pide?... Porque yo considero que existen nombres
más autorizados que el mío para esa labor...
—Su humildad me conmueve —le respondí—. Pero
yo no podía esperar otra cosa de usted, porque hay una verdad
irrefutable en todo esto: sólo los grandes hombres pueden llegar
a portar esa humildad que usted demuestra. Y para eso hace falta ser
portador también de una gran sensibilidad. Por eso yo creo que
es usted un grande de verdad.
—Sus palabras me halagan muchísimo, pero yo no soy un grande,
como usted dice; soy un hombre sencillo con un poco de camino recorrido,
que aprendió a mirar la vida desde un ángulo más
simple y positivo. De todos modos, sería un gran desafío
prologar su libro... aunque a mí me encantan los desafíos.
Por eso... ¡cuente usted conmigo!...
...
Aquella noche no me fue posible conciliar el sueño, sino hasta
casi entrada la madrugada, porque las palabras de aliento de Ismael
aún seguían retumbando en mis oídos, como si fuesen
los compases del último movimiento coral de la Novena Sinfonía
de Beethoven. Por eso me encerré en la cocina con la radio, hartándome
de mate y de recuerdos frescos, hasta que las primeras luces del día
comenzaron a filtrarse por la ventana del comedor.
A eso del mediodía mi abuela me vino a despertar, porque Ismael
estaba al teléfono y pedía hablar conmigo.
—Todavía está durmiendo el muy remolón —le
había dicho mi abuela a Ismael—. Seguramente anoche habrá
trasnochado, como es su costumbre. Pero ya te lo despierto.
—No lo despierte, déjelo —manifestó Ismael—.
Yo puedo llamar más tarde.
Pero ella insistió y por eso ya me estaba restregando los ojos,
incorporándome de un salto para correr al teléfono.
—Perdóneme que lo haya despertado —se disculpó
Ismael—, pero estoy cada vez más entusiasmado con su labor.
Por eso quiero preguntarle si puedo disponer de una página más
en su libro, porque estoy con-vencido de que no me va a alcanzar con
las dos que usted me destinó.
Inmensamente halagado otra vez con sus conceptos, le respondí:
—Es un placer para mí que usted me pida eso, pero ¿está
seguro de que no le va a alcanzar?
—Estoy seguro —respondió—. Creo que dos páginas
es muy poco espacio para decir y desmenuzar todo lo que el valor de
su obra exige.
—¿Realmente es para tanto? —le pregunté, ambargado
por una incontenible sensación de orgullo que no pude evitar.
—Realmente es para tanto —me respondió, con absoluta
certeza.
—Entonces, cuente con esa página extra.
—Le agradezco sinceramente su confianza —manifestó—
y aprovecho la ocasión para hacerle un pedido extra: me gustaría
incluir algunos de sus trabajos en la nueva «Antología
de Poetas Mercedinos» que me han encomendado hacer, si usted no
se opone.
—¿Oponerme yo?... ¡Por supuesto que no! —aseveré
conmovido, con el alma henchida por un indescriptible e infinito goce—.
Para mí será un inmenso honor estar en esa antología...
Y le agradezco infinitamente que pensara usted en mí.
... Dos días después de aquellos
sucesos memorables para mí, estaba sentado en la estación,
esperando mi tren que me llevaría de regreso a Buenos Aires.
Una vez que el tren se puso en marcha, abrí por enésima
vez ese sobre en papel madera que guardaba mis trabajos, y extraje,
también por enésima vez, las tres páginas con el
prólogo de Ismael.
Releí una vez más aquellas lineas tipeadas a máquina,
impregnadas de palabras y conceptos elogiosos, de donde surgían
frases como ésta: «Carlos Reyna ha impreso a sus trabajos
el sello de una profunda religiosidad, cimentada en la fe en la vida,
en la esperanza y en el amor»... «En algunos casos puede
advertirse el dejo de una no ocultada frustración sentimental»...
«De cualquier modo, debe valorarse que ese acontecer le sirve
a Reyna para elaborar páginas de exquisita dulzura, como ocurre
en “Horas lentas”, “La nube azul”, “Elegía
de tu ausencia”, “Viernes por la tarde”, “Veinte
de octubre”, entre otras, impregnadas de una relevante dosis de
suspenso. Se entrevé que logra sin esfuerzo figuras de acendrada
originalidad». Y a continuación citaba algunos ejemplos,
para continuar diciendo: «Por los datos sobre su actividad,
se concluye que varias composiciones fueron realizadas apenas llegado
a la mayoría de edad, y ya se advierte la madurez del poeta nacido
poeta». Finalmente, terminaba rematando con esta sentencia:
«Descendiente de una estirpe de periodistas y escritores, entre
ellos su abuelo, Don Raúl Bustos Berrondo (uno de nuestros grandes
autores), trae el oficio en la sangre y, pese a que se ha escrito, se
escribe y se escribirá mucha poesía, no podrá desoir
las voces ancestrales, señaladoras de su propio destino. Augúrole
este primer éxito; su libro es un fruto bueno con savia de un
fuerte raigón».
Todas estas palabras, tan conceptuosas y placenteras, me llenaban de
orgullo y aumentaban mi confianza en mi propia capacidad, priorizando
—como dije antes— mi sentido de la autovaloración.
Sin embargo, lo que más quedaría grabado en mi emoción
y jamás olvidaría, sería, precisamente, aquella
frase de mi querida abuela al despedirse de mí, apenas unas horas
antes:
—¿Te das cuenta de lo que son las casualidades?... —me
dijo emocionada, mientras me daba un gran abrazo y depositaba un beso
en mi frente y otros dos en ambas mejillas—. Nuestro buen amigo
Ismael también piensa incluir trabajos míos en su antología.
Por eso siempre estaremos, abuela y nieto, apareados en los entreveros
del alma... Con la música, sobre un mismo escenario y en el mismo
día, en aquella final del festival, once años atrás,
y ahora con la literatura, en esa «Antología de Poetas
Mercedinos». No somos del mismo signo, pero en alguna forma...
¡estamos signados por un mismo destino!...
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