.....Muchos
años de ilusiones alimentadas a base de certezas, reveladas en
aquel primer encuentro con mi amigo Ismael, transitaron desde entonces
mi camino de encendidas y renovadas motivaciones. Muchos años
también de tristezas, alegrías compartidas y nuevos fracasos...
Doce para ser exacto.
Nada había resultado como yo esperaba entonces. Mis dos libros
de poemas permanecían mudos y silenciosos, sin haber visto la
luz, en aquel cajón de mi escritorio.
El primero de ellos, que llevara aquel conceptuoso prólogo de
Ismael Marcelo Siri, había sido rechazado por los nuevos directivos
de aquella editorial con la cual estaba a punto de firmar aquel contrato
de edición, que me abriría las puertas de la Sociedad
Argentina de Escritores y, junto con ellas, también el camino
hacia la concreción de muchos objetivos.
Justo en esa tarde de julio de aquel año ‘84 —el
momento clave de mi vida—, cuando volvía victorioso a recorrer
los pasillos de aquella editorial, con mi libro corregido y el feliz
resultado de mi gestión con Ismael, la casa había cambiado
de dueños y mis sueños se truncaban, sometidos al capricho
y a la voluntad de los hombres.
—Lamento mucho tener que informarle que ese contrato queda sin
efecto —fueron las palabras con que el nuevo gerente de la editorial
me recibió—. Como usted puede apreciar, la firma ha cambiado
de dueños y también de estructura. Estamos, por lo tanto,
en pleno tren de reformas y no podemos tomar en cuenta convenios que
aún no se han firmado y que son anteriores a nuestra gestión.
Si usted hubiera puesto ya su firma en ese contrato, otra sería
la cuestión; pero no es éste el caso.
Extraños son a veces los designios del destino, que cortan de
un solo golpe todas nuestras ilusiones y nos cierran sin piedad la puerta
ancha del reconocimiento a nuestra labor, quitándonos la tan
ansiada libertad, que sólo se consigue a través del logro
de nuestros objetivos primordiales. No existe otra salida posible porque,
en caso contrario, uno se convierte en esclavo de los caprichos de ese
destino impredecible, que mueve a gusto y placer los hilos de nuestra
vida.
Aquello había matado por completo mis últimas ilusiones.
Sin embargo, a pesar de mi fracaso editorial, mi objetivo principal
había sido, al fin de cuentas, el logro de ese ansiado prólogo
que sirviera de portal a mi primera obra literaria, fruto de mis más
profundas emociones y desdichas, enlazadas a través del tiempo
y la distancia, a la vera de tantos caminos transitados, y nacidas en
lo más hondo del alma.
Sin embargo, aquel espíritu de lucha que perdiera por primera
vez en ese
otoño de aquel inolvidable año ‘78, tras mi alejamiento
de quien lo motivara, y que recuperara seis años más tarde,
en honor al mismo recuerdo de aquella que le diera vida e inspiración
a mi vena lírica, se rendía nuevamente ante la adversidad,
en aquella oficina atestada de libros y ficheros de una editorial que
me cerrara cruelmente las puertas de una gran ilusión.
Poco tiempo después de aquella frustración, otra circunstancia
amarga vendría a completar aquellos tristes días de mi
vida: Ismael Marcelo Siri, ¡el buen amigo Ismael!, ya no era parte
de este mundo. Su puesto de lucha quedaba vacío, luego de una
breve enfermedad que pusiera fin a su existencia.
El mundo de las letras perdía a un gran artista, es verdad, pero
junto con el artista se perdía, además, a un hombre íntegro,
dueño de una sensibilidad y calidad humanas realmente conmovedoras.
Yo, por mi parte, le quedaba plenamente agradecido por todo lo bueno
que me había brindado, y eso sería hasta el fin de mis
días y —¿por qué no?— aún más
allá de los confines de esta tierra.
Ahora, muy lejos ya de mis primeros veinte años de ilusiones
y a casi cuarenta de mis primeras manifestaciones artísticas,
se renovaba otra vez aquel espíritu batallador e incansable que
me había desahuciado y que hubiera creido perdido para siempre.
Se había obrado el milagro, y éste se producía,
justamente, por la reveladora certeza que me fueron entregando estas
simples y humildes páginas, que hoy termino de hilvanar a través
de los recuerdos vivos de mi tránsito por esta vida, signada
por esas dos pasiones que dieran fruto y origen a esta historia de victorias
y fracasos: la música, que se ciñó al delirio de
mis días renegados, ¡cambiándome el silencio por
mágica algarabía!, y el mundo de las letras y la poesía,
que me dejó el asombro para verlo todo con los ojos desatados,
¡más allá del velo inescrutable de su magia venturosa!
¡Era esta la única realidad palpable y veraz!... Todo lo
demás quedaba en un segundo plano, aun las otras ocupaciones
que llenarían la mayor parte de mi tiempo y que deberían
ser tomadas como lo que son: tan sólo un medio de vida circunstancial
y, muchas veces, obligatoriamente practicadas.
En estas páginas estaban mis auténticas raíces
y yo tuve que evocarlas, una a una, para volver a comprender el real
designio que movía los hilos de mi existencia. ¡Había
vislumbrado al fin, después de tanta brecha recorrida, cual debía
ser, en realidad, la única y verdadera meta por alcanzar, y que
aún estaba a tiempo de lograr, si seguía persistiendo
y no bajaba los brazos! Porque ahora sabía que tenía muchas
batallas que rendir, antes de dar por perdida la batalla final.
Muchas veces —aunque no sea cuerdo ni lógico vivir de los
errores del pasado— es necesario regresar a nuestras más
auténticas raíces; porque a veces solemos olvidarlas,
y es allí donde se encuentra, conmovedora y precisa, nuestra
más indiscutible razón de ser.
Es por eso que estas páginas llevan hoy una clara y viva revelación,
por ser en ellas, precisamente, donde volviera a encontrarme con esa
auténtica, plena y conmovedora verdad.
Ya no estará mi querida abuela para compartirlas conmigo; eso
es cierto y lamentable, y también la causa de tantas lágrimas
vertidas. Ella ya no pertenece a esta vida y está muy lejos de
mi mundo y de mis cosas, pero su espíritu continúa vivo
en el mío y así permanecerá por el resto de mis
días.
Era lógico y previsible que a ella también la alcanzara
el destino final reservado para todos. Es la estricta ley de la naturaleza
y ésta no hace distinciones ni concesiones de ninguna especie.
Por eso, en ofrenda a su recuerdo, he querido cerrar estas páginas
con el último tributo a su tránsito por este mundo y a
lo mucho que sembró en mi corazón y en mi razón,
virtiendo en el final los catorce versos de aquel «Soneto a la
ausente», que desgrané por ella y para ella:
Hoy su tiempo de ser ya se ha cumplido,
como se cumple el signo de la vida,
deshojando en su día de partida
el calendario apenas concluído.
Sin
embargo su fruto ha renacido
en madurada savia florecida,
y ni la muerte pudo dar cabida
al canto de su verso analtecido.
Yo
sé que volverá, como la aurora,
en cada voz que su silencio implora,
y será en mi jardín enredadera
y
en mi balcón eterna primavera...
Volverá, como el sol de la mañana,
¡a despertar al pie de mi ventana!
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